Variete a la crem

Monday, March 27, 2006

DUETOS VACIOS

Enfrentados, sólo dos tabiques huesudos separan tus ojos pardos de los míos oscuros, tus labios húmedos de los míos, sedientos. Cantamos un himno de aquel rojo cubano que enarbola en su guitarra utopías latinoamericanas. Tarareamos, silbamos, gritamos, suspiramos una canción que tiene humo, mariposas y ayeres. La letra con sangre, entra. Y en la memoria sobrevive aunque hace tiempo que no la escuchamos que no la cantamos. La recordamos sin esfuerzo, como si esas palabras fueran inherentes a nuestras gargantas, innatos atributos de nuestras cuerdas vocales. Inhalamos, bocanada de aire para continuar la andanza. Dueto de respiración. El aire se vacía de la canción, se despoja de los dos. Hay un instante (hasta que volvemos a ser el mejor dúo coral de desiguales melodías), en que el espacio se repleta de la nada, se desinfla del todo. Hay un momento, en que el tiempo carece de tiempo, en que el aire queda suspendido en el aire, en el que vos y yo somos nadie. Y en esa porción de tiempo sin agujas, nos desconocemos y nos perdemos. Y me invade el vacío de tu risa que se llena de mi mirada hueca.
Pedazo de tierra despatriada; bahía, callo, ensenada que pertenece a todos y a ninguno. Nadie despliega una bandera sobre ese montículo de arena que se alza a la espera. Nadie se entrega a la guerra pacífica de la apropiación. Nada de jueces, de contratos con letra chica, ni de llaves maestras. Área libre y liberada, monumento al silencio, al vacío, a la nada.
Inhalación acabada. Hoy recuerdo mariposas que ayer sólo fueron humo. Exhalamos fuego, alas rojas y violetas, pasados perfectamente pretéritos. Hilos graves, sogas finas. Se repleta el aire. De vos y de mí. De Silvios y de Rodríguez. Se agranda el espacio entre vos y yo. Se repleta de suspiros rítmicos, de notas enlazadas con moños de corcheas negras y blancas. Se llena del todo, la nada. El vacío se (des)ocupa. Y el aire carece de aire y ya no se sostiene porque pesa y cae. Y se escucha el andar del tiempo, que tiene ese caminar tan repulsivo que suena a tic y a tac. Y me desinflo de yo y te desenvolvés de vos. Nos invadimos lentamente, llenándonos de los dos. Un nosotros inclusivo, que incluye al mundo en un respiro.
Y el aire vuelve a ser canción. Cómo me gusta esto de cantar a dúo con vos. Cómo ansío ese instante en que dejamos de ser dueto para ser polvo de aire. Para ser remolino de silencio, para inhalar la nada y dejar vacío el todo.

Mariposas robadas

"Hoy viene a ser como la cuarta vez que espero
desde que sé que no vendrás más nunca
he vuelta a ser aquel caudal del aguacero
que hizo casi legal su abrazo a tu cintura
y tu apareces por mi ventana
suave y pequeña, con alas blancas
yo ni respiro para que duermas
y no te vayas.

Qué maneras más curiosas
de recordar tiene uno.
Qué maneras más curiosas
Hoy recuerdo mariposas
que ayer sólo fueron humo
Mariposas, mariposas,que emergieron de lo oscuro
bailarinas silenciosas.
Tu tiempo es ahora una mariposa
navecita blanca, delgada, nerviosa
Siglos atrás inundaron un segundo
debajo del cielo, encima del mundo..."

S. Rodriguez

Y le robo mariposas al tiempo en pretérito perfecto y las condeno a vivir en futuro. Pero sólo son mariposas, y se queman sus alas, se incendia su cuerpo en pleno vuelo, se acaba su sueño de cielo, se hacen polvo de fuego sus ganas. Yo robo mariposas que sólo viven mañana.

Debería especializarme en cazar mariposas y cada noche conseguir al menos una, para que mañana sea todos los días, toda la vida.

POLVO DE CANCION

Hay una canción que se hace polvo entre su boca y la mía. Los dos tarareamos. La misma letra, diferente ritmo, desiguales melodías. Hay un espacio en el aire, en momento de sendas inhalaciones, hay un espacio en el aire que queda vacío de ambos. Paréntesis callado, renglón en blanco, silencio musical. Exhalamos al unísono, dueto de suspiros, dúo coral. Se llena el vacío con partículas de corcheas, con evaporaciones blancas y negras, con hilos graves y sogas finas. Hay una canción que se hace polvo entre su boca y la mía.

Friday, March 24, 2006

RECORDAR A GOLPES

¿ADONDE querés ir, pibe? ¿No ves que hay golpe de Estado?, me dijo el colectivero cuando lo paré aquella mañana de marzo, bien temprano, bien adolescente, recién levantado y algo desorientado por ver soldados con armas en las veredas y camiones militares por todas partes en las calles.

¿Adónde quería ir?

Quería ir a la escuela, supongo, a que me enseñaran las cosas que se enseñan en la escuela, cosas simples.

Que el Estado no puede secuestrar, torturar y matar a una persona, que el Estado no puede apropiarse del bebe de una persona.

Esas cosas tan lógicas que se enseñan en la escuela, aun cuando son tan básicas, tan indiscutibles que uno ya las sabe, las supone, antes de que se lo diga la maestra.

¿Adónde quería ir después?

Quería volver a mi casa después de la escuela, supongo. Que el Estado no me dijera qué podía leer y qué no, qué película mirar y cuál no, qué peinado usar, si el pelo largo o corto, qué música escuchar o no escuchar, qué obra de teatro ver o no ver.

Que no me dijera que adonde quisiera ir fuera derecho, firme, en marcha, izquierda, derecha, izquierda, sin hablar, sin discutir, sin opinar, sin pensar, sin libertad, sin ley, sin razón, sin votar, sin mirar, sin preguntar, sin derechos, firme, en marcha, izquierda, derecha, izquierda.

Pero sobre todo quería ir a visitar a algún amigo, a la tarde. Un amigo adolescente como yo. Y poder encontrarlo en su casa, con sus ideas, diferentes o iguales a las mías, con sus gustos, parecidos o contrarios a los míos.
Encontrarlo, que no estuviera desaparecido por sus ideas, diferentes o iguales de las mías, o que no lo estuviera su padre, o su madre, o su hermano, o un pariente.
Que nadie, conocido o desconocido, cercano o lejano, estuviera desaparecido por sus ideas diferentes o parecidas.

¿Adónde habían ido?

Sin derechos, en marcha, un auto sin patente, izquierda, derecha, izquierda, hasta llegar a una dirección sin dirección, con responsables sin nombre y apellido, y, finalmente, a tumbas NN.
Sin derechos, por izquierda, a oscuras, como se hacen las cosas cuando no se tiene razón.

¿Adónde quería ir yo esa mañana de marzo, bien temprano, bien adolescente, recién levantado y algo desorientado por ver soldados con armas en las veredas y camiones militares por todas partes en las calles?

¿Adónde íbamos todos, derechos, firmes, en marcha, izquierda y derecha, a los golpes, golpeados, golpeando, golpeadores?

¿Adónde, sin libertad, sin ley, sin razón, sin votar, sin hablar, sin opinar, sin pensar, sin mirar, sin preguntar, sin derechos?

¿Adónde?

–Volvé a tu casa, andá a dormir, fue lo último que me dijo el colectivero antes de arrancar. Y así lo hice. Y no lo volvería a hacer: nunca más cerrar los ojos, nunca más no estar despierto cuando una pesadilla va a quitarnos el sueño para siempre.

Nunca más, señor colectivero.



Mex Urtizberea

Thursday, March 23, 2006

MARGENES FRANQUEADOS

Una foto en blanco y negro. El cuerpo de ella cubierto, casi íntegramente, por el de él. Sólo se ve su flequillo revuelto y rebelde; asoma sólo una de sus piernas largas y finas. Sólo en la frente se marcan las venas de una preocupación. En la de ella, claro. El foco está en un lunar sobre la espalda ancha de él. Los brazos aguerridos se pierden en la oscuridad que inunda el cuarto, parece que la abraza, otal vez sólo esté intentando librarse de su cuerpo esfímero. De la cintura para abajo, su silueta de hombre robusto se dibuja detrás de la sábana. Tampoco se conoce cuál es la expresión de su rostro.

Hay una lágrima que mancha la foto. No sé con precisión si está dentro o afuera. O en ambas. Tal vez los dos lloraban ese día de marzo, porque el otoño amanecía y con su terca fuerza se robaba las hojas, arrancaba la última que quedaba en el árbol. Tal vez había sido ella quien al examinarla una y otra vez acostada en su cama, había empapado de sal esa imagen que le dolia en la melancolía de la noche solitaria. Quizás, ella lloraba ese llanto, que ambos habían ya llorado esa madrugada de marzo en la misma cama que estaba menos vacía pero igual de solitaria.

Los bordes opacos de la foto se pierden en la oscuridad del cuarto. Se franquean los márgenes de la imágen. Un cuadro en otro cuadro, que está a su vez adentro de otro cuadro. Una asociación que llevaría a recordar a...Mariana deja repasar con sus ojos miopes su cuerpo, el de él, acostados, deja de reflexionar sobre aquella última hoja que se cayó del árbol.

Una fotografía no mirada, no vista, no examinada, no tiene vida. No existe. Nunca fue fotografía. Sólo un click, sólo apreciación para quien la sacó. Lo mismo que un libro no leído, puede ser invención de su autor. Un escritor y un fotógrafo precisan del lector y del público (aunque sea sólo uno) para que exista su creación.

Mariana deja morir la imagen. La almacena en el olvido del estante de su habitación. La condena a perecer por, al menos, unos instantes. Derriba la frontera de esa oscuridad de madrugada otoñal y avanza sobre esa noche en que la luna no es tan luna y la soledad tan fiel. ¿Estará también, llorando él?. Seguramente, no vacilan la misma duda ni les duele en la garganta la misma angustia. Pero Mariana sabe que esa noche lloraron los dos y que ahora llora ella.

De nada le vale esa fotografía. Puede ver, tan claramente, el cuerpo de él boca abajo contra su cama. Ella se mira contra su colchón, boca arriba. Se toca la frente, una vena de angustia le late empedernida. Imagen. Borde, límite, frontera indiscernible
. Una foto en blanco y negro.

Tuesday, March 21, 2006

Arquitectónicas cobardías

Las maquetas siempre fueron problemas en madera para mí. Laberintos, rompecabezas, acertijos, adivinanzas de materiales variados pegados con pegamento muy caro. Me resisto a diseñar planos, a levantar puentes; me niego a construir muros y derrumbar ventanas (o viceversa). No soporto la idea de plasmar en un papel, en un carbónico, en arcilla, en una tela mis ideas incorpóreas. No pretendo, estampar en ningún sito un plan de vuelo, un cronograma, una cuadrilla llena de números y letras.
Para eso las hago de plastilina, para machacarlas, para deformarlas, para cortarlas, suprimirlas, estilarlas, alargarlas, ensancharlas, afinarlas; para moderles un pedazo, para superponerla con otras y que queden de colores combinados. Para moldearlas a mi antojo, según mi ánimo. Para hornearlas y enfriarlas sin que estallen en el congelador ni que se derritan en el horno. Decorarlas con canutillos, purpurinas, lentejuelas. Perfumarlas con Carolinas Herreras y Calvins Kleins, con esencias de frutillas y duraznos. Para lavarlas, enjuagarlas, limpiarlas, pulirlas. Quiero mis ideas, mis planes hechos de plastilina para transformarlos cuando sea preciso, cuando yo precise.


Hoy me gustaría tener esa paciencia de arquitecto, ese suspiro profundo, ese pulso en la mano. Quisiera construir un choza chiquita en un Valle de Ángeles (que también yo diseñaría). Un barrio cercado, cercano a San Isidro, frente al río. Traería montañas sin nieve para que sea un valle, ciertamente. Compraría tres caballos, un boxer miedoso que no ladre, algunas ovejas y un par de vacas sólo para decorar (porque con los caballos y el perro alcanzaría). Por la avenida Córdoba conseguiría las maderas, las telas, las pinturas necesarias para tu humilde hobby pintor. Por el Congreso hay algunos comercios de música donde podrías elegir el piano de cola, el saxo, la guitarra eléctrica que no trajiste y un nuevo tambor. En Plaza Francia podrías mirar algunos tapices centroamericanos para colgar en las paredes blancas,; unos cuantos adornos de roble, esculturas talladas para cuando te canses de hacerlas vos.
Hoy me gustaría tener esa paciencia que me falta, esa facilidad para plasmar mis ideas aunque sea en palabras precisas y concisas. Me gustaría conseguir de alguna manera esa habilidad para usar otro material que no sea plastilina. Quiero construirte una casa con ventanas clásicas, con ladrillo a la vista, que tenga un patio espacioso donde puedas ensayar tus vueltas, tus patadas, tus movimientos rítmicos al compás de un tambor. Quiero que la casa sea chiquita para no perder tu olor dentro de ella; quiero que en la cocina el aroma sea de tortillas con quesillo, fritas. Hoy me gustaría tener la suficiente valentía para armar una casa en la que habiten un hada (con pollera floreada y pañuelo en la cabeza) y un duendecito (con botas de cascabel y sombrero con hoyuelos). Quiero una casa en la que
mañana sea todavía.

Dudosas convicciones

Y otra vez tu boca inquieta. Que muerde uñas francesitas, que arranca pedazos de papel blanco, que fuma aunque repugna el tabaco áspero. Tu boca ansiosa. Dulce de leche y fideos, mayonesa con duraznos, licor de chocolate con whisky sin tregua, sin hielo, sin descanso.

Otra vez, tus ojos que que no miran nada más que la nada misma. Despojados de rimel, arañados por cristalinas y diáfanas partículas insípidas, incoloras, infinitas. Desenmarcados por un delineador que franquea los márgenes y pinta tus mejillas y surca un camino hasta tu boca.

Recorrido, rumbo, trazado. Estación de origen: Tus ojos pardos, despojados. Destino final: Tu boca pálida, inquieta.

Qué irónicas las jugadas de estos dioses. Los tuyos y los míos. Cada vez que te canto falta envido, no tenés más que veinte. Cada vez que me gritás vale cuatro, no tengo más que figuritas para hacerte frente.

Tu boca tiembla, indecisa, hambrienta de certezas. Un rush sin vacilaciones decora la mía.

Benditas ironías, las de nuestros dioses. Necesito esta vez tus dudas, vos mis convicciones.

Monday, March 20, 2006

DESNUDAS, SIN DESNUDARTE


Estás desnuda frente a la multitud que se aprisiona en el restaurante. La lluvia de abril, un partido de fútbol que define el campeonato, la hora de cenar (o la hora del hambre que no tiene horarios). Grupos de mujeres que cuelgan carteras de cuero mojadas, paraguas con estampados de flores y rayas en el respaldo, se secan la cara con toallas de papel, se miran al espejo, corren al baño con un pequeño estuche entre las manos. Vuelven a sentarse a la mesa, como si jamás las gotas de humedad callejera las hubiesen rozado. Grupos de hombres que sonríen frente a un resultado deportivo que deja a su equipo como líder de la tabla, hombres furiosos que esparcen insultos contra jugadores y árbitros, otros tantos que entre la cerveza y el maní comienzan un fervoroso debate sobre el inminente torneo mundial. Algunas parejas susurran entre platos de comida un secreto, una anécdota cómica, un chisme superfluo que genera sorpresas y bromas. Los mozos corren, se tropiezan, tiran bandejas, levantan botellas, sirven pastas, retiran cafés abandonados al destino residual.
Vos estás riéndote. Desnuda. Con esa risa que te revela en tu entera intimidad. Que allana un camino señalizado. Facilidad para los viajeros, turistas, para los interesados en llegar a tu puerto, a tu hotel, a tu estación. Pistas, guiños, gestos. Cartas marcadas que ayudan al curioso que intenta jugar tu juego. Tamborileas tus dedos resecos, sedientos de cremas contra la mesa bordó. Voy a esperar, le decís al mesero. Está bien, responde. Se pierde en la hilera de dientes grandes, blancos y perfectos que le mostrás. Se acuesta, sin que te enteres, en los hoyuelos que zanjan tu piel trigueña. No se preocupe señorita, después me vuelve a llamar. Pobre, no sabe cómo salir de tu laberinto. Busca frases, palabras para seguir mirándote, al menos un rato. De esos tipos pasaron muchos por tu vida; cómo te entretuviste con ellos. Les tenías afecto, simpatía, hasta cariño podría decir pero desde un comienzo supiste que jamás ganarían lo que pretendían. Hombres sinceros, caballeros apuestos, príncipes con espadas que no te conmovieron. Vasallos, sirvientes, aspirantes de la nobleza. Reina reticente a ciertos amores, ridiculiza temores varoniles. Se divierte, agradece el apetito del querer y les cierra la puerta a sus espaldas.
Pasás las hojas del libro espiando el contenido; pero verdaderamente, es otra cosa lo que estás mirando. Escudriñás a tus comensales vecinos y a los más alejados. Robás palabras de acá y de allá. De la mesa izquierda, una discusión matrimonial, una pelea por la falta de responsabilidad académica del hijo. Crees oír. De la mesa derecha, una discusión femenina, ¿hombres histéricos o miedosos de relaciones serias? No vas a opinar, pero vos tenés tu teoría hecha y rehecha. Tus teorías, perdón. Las que explican cada movimiento, cada reacción. Te gustaría debatirlas con ellas. Pero no, para qué. Ya llegarán tus amigas (qué retrasadas están) y charlarán sobre eso. Seguramente, aunque hace tiempo que ya no lo hablan. Será porque después de siete años, cada una conoce lo que dirá la otra acerca de determinada situación. Sin embargo, a veces, te sorprende. Sí, aseverás silenciosa. Hoy plantearás el tópico. Te gusta debatir, te gusta organizar las charlas, te gusta el orden y la enumeración de argumentos lógicos. Te gusta escuchar cada letra, de más y de menos, que la gente que te rodea, exhala y esparce en el aire como partículas necesarias para componer el aire.
Tu mirada de hollín anda vagando en busca de nada hacia las mesas cercanas a la puerta. Un sorbo del café con leche, que le pediste al mozo, harta de aguardar la llegada de tus amigas, te quema los labios anchos y pintados de un rojo artificial. Un rojo que compraste hace unos días, cuando jugando a ser más mujer, te diste cuenta que eras sensual, que tenías un halo de feminidad en tu boca. Que era el rojo artificial en tu boca tan natural, algo que te convertía en una mujer más atractiva. Y te gustaste ese día, y te sentiste cómoda en tu disfraz de mentira, porque tu disfraz es natural. Pero pintada la boca de rojo artificial y ensombreciendo aún más tu mirada de carbón, de hollín, de humo espeso, te viste más vos en el espejo. Inesperadamente, tus ojos enmascarados, delineados, cayeron en un lunar estampado cerca del lagrimal izquierdo de un muchacho que te inventaba de memoria con su mirada. Se la retuviste, sólo siete segundos y medio, llegaste a contar. No pudiste más. Lo sabés, esos hombres son los que después, cuando te acostás despatarrada en tu cama, destapándote una pierna y dejando la otra bajo la calidez de las sábanas, aparecen para proponerte lo que vos no te animaste cuando los viste por primera vez. Cuando los invitaste a perderse en el juego odiado por Teseo, cuando los llamaste en silencio a no salir de las ruinas circulares. Aunque, reconocés, que probablemente, seas vos misma quien termina mareándose en tantos rumbos sin señales.
Estás otra vez desnuda. Te reís. Sabés que aún te está mirando. Abrís el libro, en la página 88; capítulo VII. “Gustavo la mira impaciente. Ella busca en su cartera, algo, algo, cualquier cosa, algo para desviar su atención, para no mirarlo. No quiere que la reconozca después de tantos años. Aunque ya sabe que es inevitable el reencuentro. A sólo tres mesas y su paso del tiempo que no dejó marcas en su cuerpo. Sólo tres mesas, sólo tres años. Ningún cambio. Inevitable la decepción del encuentro. Lo ve entrar a Juan Carlos, sonriéndole, con un ramo de jazmines y el diario en la otra mano…”. No entendiste nada, si ni siquiera habías leído el prólogo del libro que te habías comprado a esa misma mañana., cuando te dejaste vencer por las ansias de leer en el colectivo y te encontraste sin nada en la cartera. Una librería en el camino a la parada, y un sueldo aún sin estrenar en el bolsillo, son dos probabilidades que pocas veces se dan en tu vida. No la dejaste pasar. El muchacho que todavía te mira y al que espías por encima de la tapa, se llamará Gustavo, te inquietás. Tu curiosidad debería tener un límite. Lo tiene, sí, no te vas a acercar. Crees en la casualidad, en el azar. Pero también crees en la causalidad. Problema metafísico que tu amigo Julio te planteó y que todavía es una dicotomía de hierro que acecha tus pensamientos cuando lo recordás. O cuando algún acto imprevisto te demanda hacerlo.
Otra vez, te estás dando cuenta sola. Estás desnuda frente a él. A ese muchacho, que no sabés si se llama Gustavo (después sabrás que no, cuando llegue su novia y en una discusión le diga “Ya lo hablamos, Ramiro. No lo hagas más difícil”) pero que de cualquier modo, te encuentra despojada de todo. Siempre estás sin ropa cuando reís, siempre estás carente de modas y modales cuando sonreís, siempre te falta el todo y te sobra la nada cuando esbozás esa mueca ridícula que deja tu dentadura perfecta a la vista de quien quiera husmear dentro de tu boca. Siempre se hace cierta la transparencia de tu venas cuando la carcajada desborda tu garganta y te lastima (aún más) esas débiles cuerdas vocales, que humo a humo se van destruyendo (y reconstruyendo en nódulos bien logrados). Lo intentás impedir. Hace unos años, lo estás tratando de hacer. Desde aquel día que un viejo conocido, que te conoce más por diablo que por viejo, te cantó de buenas a primeras como eras, tan sólo por reconocerte detrás de tu sonrisa, al momento de saludarlo. Y te reflejaste en sus palabras, y te viste calcada en los adjetivos sencillos que usaba para dibujar tu persona. Y los detalles hechos con una mina muy delicada y fina, te dibujaron pequeñas cicatrices en la autoestima y el carácter. Intentaste, desde esos años, no quedarte desnuda, frente a un público que te mira, entre azorado, extrañado, interesado.
Estás desnuda; invitando a perderse en tus caminos; seduciendo transeúntes a que participen de tu juego macabro (sin salidas, con recovecos, sin señales, con obstáculos). Estás desnuda y creés conocerte; porque los demás dicen que se te ve hasta el alma cuando te reís, y estás desnuda… Y sin embargo, sos vos quien se pierde en la retórica, quien se deja batallar por palabras armadas. Porque desnuda y riendo confundís al público con tus reglas de juego. Nadie creería que bajo esa transparencia, aparente; bajo ese haz de luz inocente, se esconde la reina de picas, reina que llevó a Alicia a vagar por callejones sin retorno. Vos crees tu desnudez, porque ellos la dicen, porque ellos la cuentan, porque la inventan y siempre es más verdadera la realidad dicha en palabras que en sentimientos.
Y vos no estás desnuda, pero es cierto que reís y nos desnudamos los demás. Pero algunos no pueden (no saben) ver que frente a tu risa espasmódica, asmática, se quedan sin ropa, sin moda, sin modales, sin todo, con la nada.


Desnudos, mirando tu risa roja.

Sunday, March 19, 2006

Duende

Pasa y repasa el lápiz sobre el papel. Se quiebra la mina; los garabatos de líneas sin destinos, bidireccionales, de color gris oscuro (casi negro) arañan la mesa. Traspasaron un papel demasiado endeble para su fuerza. Fuerza incontrolable, inmanejable. Al menos, hoy. Hoy que cree que Van Gogh, Miró, Kandinsky, Dalí y hasta el mismísimo Rubens son puros retazos sin sentido, sobrevalorados por críticos snob que escuchan música clásica y comen con 3 pares de cubierto; aunque sólo coman dos platos y no entiendan nada de de impresionismo, cubismo y renacentismo; aunque no entiendan la concatenación de do-re-la-fa, ni de semicorcheas y blancas y negras. Abolla la hoja. Acribilla el aire de insultos, que no buscan aterrizar en ningún lugar. Inhalo por tres, exhalo por cinco; repite, casi susurrando. Aprieta Play en el equipo y un cubano (uno de esos, de los rojos, de los amigos de siempre; uno al que le podría hablar de sus planes revolucionarios sin armaduras ni armas) le canta despacito una canción con Mariposas.
Mi duende que dibujo en los renglones y que mato (inventándolo) en palabras estaba malhumorado hasta hacía un rato. Pequeños ojos negros avispados por una bronca de miércoles en mal estado; zapatos mojados, alarmas silenciosas , calles repletas de apuro en suspiros de tranquilidad, noctámbula vigilia, sueño inconsumado. Lo invito a bailar una salsa. Su sombra se mueve entre los rincones de mi página con cada nota musical que le dicto, con cada golpe en el tambor, que mi asistente (con tanto esmero) da en ese instrumento viejo y ajado. Ahora ríe y debajo del ala de su sombrero (que yo misma diseñé copiando un estilo centroamericano), pinto dos hoyuelos donde seguramente me tiraré a dormir en algún momento.
Se divierte y ya casi no me mira. No necesita las letras para poder seguir viviendo. Su risa contagió a sus ganas, y de repente mi hoja se llenó de invitados suyos (ajenos a mi mano). Hace y deshace sus movimientos y va y viene, y le pierdo el rastro. Y ya no sé siquiera si supo alguna vez de mí. Y ya no sé siquiera si yo alguna vez lo imaginé, lo inventé y lo hice enojarse y reirse, bailar y cantar. Y ya no sé...
Sin embargo, ahora lo veo apartado del grupo. Al costado de la mesa donde yacen las copas sedientas y la bandeja vacía. Otra vez. Lápices (de colores ahora) y un par de papeles blancos. Intento espiar por sobre su hombro. Ni se inquieta (desconoce mi presencia, ¿desconoce mi presencia?).

Puedo adivinar su trazo; ese trazo suave, delicado, su ir y venir por la superficie sin textura, sin relieve, sin restricciones de ningún tipo. Por sobre su hombro, me miro y me encuentro estampada dentro de un sombrero, de estilo centroamericano, escribiendo acerca de un duende que estaba malhumorado y que ahora me dibuja escribiendo sobre él...

Parece que no le está gustando su pintura porque lentamente, hasta con un dejo de melancolía, me va borrando. Primero, la cara, después hace desaparecer el sombrero y termina sacándome el lápiz y borrando mi mano...

Wednesday, March 08, 2006

Cobardemente valiente

No debía hablarte de ese tema. Nunca te comenté nada al respecto. Callé
No tenía que demostrar que sabía lo que habías querido decir alguna vez y por cobardía no habías dicho. No lo expresé
No debía hacerte insinuación alguna acerca de mi interpretación de tu texto, que intentaba demostrar sin valentía, la mayor cobardía de tus letras. No hice ni un gesto, ni una seña

¿No debía?, ¿no tenía?.

No quería

Y sin embargo, ahora me animo un poco a quererlo porque sé que alimento con mis palabras holgadamente impulsivas, tu cobardía más genuina.
Porque soy lo suficientemente más cobarde que vos para explicarte por frases inconexas que es mejor no tratar dicho tema

En el día de la mujer mundial

"Ella llega al 8 de marzo con el rostro borrado, con el nombre oculto. Con ella llegan miles de mujeres. Más y más llegan. Decenas, cientos, miles, millones de mujeres en todo el mundo recordando que falta mucho por hacer, recordando que falta mucho por luchar.
Porque resulta que eso de la dignidad es contagioso y son las mujeres las más propensas a enfermarse de este incómodo mal..."


Subcomandante Insurgente Marcos

Friday, March 03, 2006

¿Final del juego?


La voz de él en el teléfono. Otra vez había terminado el juego. ¿Lo hacía con desconocimiento de consecuencia o realmente era ese punto final lo que él buscaba? Milena inhaló el aire espeso de la duda contrariada, esas partículas de oxígeno intoxicadas con interrogantes punzantes. Escuchó en silencio su hola, hola, ¿se escucha?, hola, hola… y colgó. Titubeó, ¿debería llamarlo?, ¿debería aceptar la invitación que él, probablemente, le haría? No, no era parte del contrato, del reglamento, de las estipulaciones, de las normativas que jamás habían firmado; pero que ambos implícitamente conocían.
A Milena el llamado no la sorprendía. Lucas siempre había sido aficionado a quebrar las reglas, aunque sólo fuese por romperlas. No estaba asombrada de aquel acto; sin embargo, siempre el final la dejaba exhausta, abrumada, atontada. Se lamentaba por aquel párrafo aparte que él acababa de escribir. ¿Cuánto debería esperar para volver a jugar?, ¿cuánto tardarían, de nuevo, en encontrarse en su no-lugar, en su no-tiempo? Con fuerza volvió a batir el café que se estaba preparando. Quería no pensar más en esa inútil travesura lúdica que se permitía vivir en la esfera paralela a la vida cotidiana. En vano, el esfuerzo.
El primer sorbo de ese café, por distracciones, amargo le hirió con calor sus labios finos (casi invisibles, delgadísimos, sutilmente opacos). Repentinamente, sintió la liviandad del deshago. Comprendió que ese llamado formaba parte, también, del juego. Era la forma más correcta, más sencilla que Lucas tenía para decirle que él quería continuar jugando. Si hubiesen seguido las pautas, ambos se habrían aburrido demasiado rápido. Claro, suspiró y en ese suspiro esparció minúsculas gotas de café, el juego recomenzaría dentro de unos días, meses, años, cuando los dos hubiesen tenido tiempo para respirar sus ausencias y extrañar y necesitar sus presencias.
Milena apoyó el lado izquierdo de su cabeza contra la almohada y pensó que la próxima vez sería ella quien rompiese las normas del juego y lo invitaría a encontrarse en un lugar y tiempo determinado. El solo imaginar que él aceptaría esa propuesta y que, automáticamente, se esfumaría para siempre de sus vidas ese no-lugar y ese no-tiempo donde ambos vivían ajenos a la mediocridad, la entristeció. Nunca antes lo había reflexionado (quizás porque nunca antes el juego había ganado tantas hectáreas en el área de su vida); ¿estarían los dos jugando a lo mismo? Temió el interrogante, temió la respuesta. Una catarata de preguntas se coló por entre las sábanas. ¿Habría él ya terminado de jugar?, ¿el llamado iniciaría otro juego?, ¿quería ella participar del nuevo juego?, ¿o se habría cansado él y quería avisarle su retirada de la partida para siempre?, ¿cómo se enteraría, ahora ella? Se dejó vencer por la maraña de enigmas y un viejo disco de Tom Waits apuró su sueño.

Un beso menos



Siempre dejás un beso menos que ninguno en la almohada
La promesa de mañana es cenizas en el umbral del no me acuerdo
Coleccionás cientos de nomeolvides en jarrones y floreros
Y apostás tu te quiero, jugando con cartas marcadas

Un ayer intranquilo te abate en el espejo
Te despeina los bigotes y la barba
Hace de tu pelo el laberinto de Teseo
Y no encontrás el hilo en tanto enredo.

Las excusas se presentan siempre antes que tu nombre
Advertencias de memoria en decadencia,
Partes médicos, funciones y reuniones pospuestas.

No anoto los rencores en el debe de tus ausencias
Así de cuando en cuando, miro el libro diario
Y puedo llamarte para saber de tu vida, sin odiarte tanto.

Lolitas

En la borra del café sin crema leyó Dolores la pregunta que se le cayó a él desde el rulo más travieso que se atrincheraba tercamente en su frente. Sabía que no la iba a responder, que no podía, que no quería. Evitó la duda que se desnuda ante la reflexión, entonces eludió la reflexión que se desviste en el tiempo en que el reloj inconscientemente suspira, exhala, aspira, inhala, ronca. Vendó los ojos inquisidores de la razón, lavó la taza una, dos y tres veces; raspó con la fuerza de sus brazos angostos el fondo del recipiente, el fondo donde siempre pero siempre quedan las marcas del café sino se limpia con extrema potencia. El analizaba los textos de Barthes mientras con su mano izquierda cebaba el segundo mate con sabor a naranjas disecadas. Significado y significante, objeto, sujeto, decodificación, mensaje. ¿Se habría dado cuenta él que en medio del desayuno un interrogante se había liberado de la telaraña de su pelo?, ¿sabría él que Lolita lo había visto nadando en la taza pidiendo auxilio de ser respondido?, ¿imaginaría él que ella no lo iba contestar? Se secó las manos, se acercó a la mesa y con la punta de su nariz besó la barba hiriente de Juan, que sin levantar los ojos del texto le estrelló sus labios en la frente.
Ahora ella lo entendía, él sabía su respuesta pero él también prefería callar.

Bangladesh

Gla, cose sin manos la cintura de aquella muñeca porteña y aspira su respiro resfriado. Gla, teje la medianera desde sus ganas a las de ella, quema con fósforos las alas que despuntan bajo sus brazos. Gla, pega y emparcha los vicios que se escapan, las manchas en pretérito perfecto que llora en la cama. Gla, una muñeca que teje y emparcha las ganas de quemar los vicios que despuntan en la cama, que se pega a su respiro en pretérito manchado. Gla.
Desh, el reloj, el marcapasos; desh, descosen los lunares de la espalda, las agujas; desh, los números tropiezan y resbalan cuando el beso rueda por el aire de una primavera sin esquinas; desh, el beso, vidrio astillado en la vereda; desh, golpea la suela de los zapatos que no son de gamuza azul; desh, la perfecta circunferencia de los rulos que persiguen a los pasos, que van detrás de los zapatos, que se olvidan del beso astillado; desh.
Ban,
el revólver en la sien, cuando recorta de la piel el nombre de la heroína preferida. Ban, la alegoría de la remolacha y el silencioso ring de un teléfono que anda. Ban, una letra putrefacta en medio de la partitura, la guitarra que se ríe compulsiva de la melancolía trillada. Ban, entona la letra de una canción que habla de una remolacha putrefacta al lado del teléfono que se ríe de la guitarra melancólica que no distrae al revólver en la sien; Ban.

Bangladesh. Muñeca porteña a la que se le escapa un beso que rueda por el aire y aprieta el gatillo del revólver que dispara en la sien. Bangladesh.

DICCIONARIO: LETRA __

Ente ridículo querible. Así te encontré en el diccionario que escribo y archivo sobre las personas que conozco, o que me choco, o que simplemente miro y miro detenidamente. Así estabas definido, con algunas referencias tuyas, no porque no vaya recordar tu nombre pero después de algunos años seguramente mi memoria comenzará a resquebrajarse y ya no vaya teniendo la misma capacidad de asociación entre palabras y caras, entre sustantivos propios y detalles pecosos.
Debajo de la definición de ente ridículo querible, encontré la siguiente anotación: ente querible ridículamente. No, no era una anotación que hacía referencia únicamente a vos, por más que implícitamente hacía alusión a la persona que miraba a través de tus ojos, era la más prudente y acertada definición de mi cariño hacia vos. Si, querible ridículamente. Te quería de a partes descuartizadas, de a trozos de tiempo contado por hormigas; te quería porque a medida que te conocía, menos cosas de vos me iban gustando y sin embargo más me seguían atrayendo. Te quería porque sabía que en la otra orilla nadie estaba esperándome, porque el puente lo construía y lo derrumbaba cuando tenía ganas. Te quería porque esperaba silenciosa e inconscientemente que construyas una balsa de pluma de ganso resistente al agua y me pasases a buscar y nos emparamáramos de arena en una cueva sin agua, sin puente, sin palabras, sin plumas, sin gansos, sin ridículos, sin entes, sin “quieros”, sin arena.
En lápiz, en el margen de la hoja, una letra apurada apresurada que aplastaba las “o” y que achataba las “l” y estiraba las “m” y las “s” decía: Ente ridículo querible, imposible evitar evitarlo. Y me pregunto porqué lo habré dejado en lápiz, porqué no habré pasado a tinta la frase como lo hice con todas las demás. ¿Creía que alguna vez podría llegar a evitarte realmente?, ¿suponía que era solo una cuestión pasajera? ¿Una no evitación momentánea?
Momento, ¿qué es el momento? Y la enciclopedia de la Real Academia Española me explicó que es una porción breve de tiempo. Entonces decidí buscar qué era breve ya que me parecía una definición un tanto vaga y amplia. A mi búsqueda, la enciclopedia me respondió corto. Absurdo, grité enfurecida al tomo de 500 páginas que no podía ser capaz de decirme coherentemente qué significaba momentáneo, breve, corto.
Todavía sigo sin poder establecer si mi no evitación fue duradera, pasajera, si fue demasiado prolongada o demasiado acotada. Lo cierto es que hace más de algunos años, más de tantos días, hace montañas de horas y de minutos que escribí esas definiciones, y acotaciones (eso lo sé porque después de tantas tesis, exámenes, artículos y reemplazo de letras mecanografiadas por garabatos manuales mi letra se volvió una especie de caracteres difícilmente legibles) y aún me paso los atardeceres y los amaneceres agitando mi mano desde la costa por si acaso me saliste a buscar, por si acaso tu barca anda desorientada y llegás a verme de lejos, por si acaso todavía tenés ganas de volverme a buscar y empaparte con arena en una cueva sin agua, sin puente, sin palabras, sin plumas, sin gansos, sin ridículos, sin entes, sin “quieros”, sin arena, conmigo.

De primaveras…

Una esquina rota de primavera y la ausencia de tu sombra.


Una primavera rota y tu sombra esperando en la esquina de la ausencia.


Una sombra rota en la esquina; tu ausencia que llega, de nuevo, en primavera.


Una ausencia que es tuya, se pierde en la sombra; y en la esquina espera, una primavera rota.


Y yo esperando en una esquina que algún día de primavera tu sombra ya no sea una ausencia rota de vos.


Una ausencia que es tuya, se pierde en la primavera; y en la sombra, una esquina espera.


Una sombra rota en primavera y tu ausencia dibujada en la esquina.


Una primavera rota y tu ausencia esperando en la esquina de la sombra.


Una esquina rota de ausencia y tu sombra en primavera.


Y yo esperando que en primavera, tu ausencia se desdibuje en la esquina rota y llegue tu sombra con vos.