KUPIA KUMI
Kupia Kumi. Así se presentaron, sin más atuendo que la frase que pregonan desde su página de Internet. Kupia Kumi y un único pensamiento generan. Kupia Kumi. Las ganas de conocerlos por sus ofrendas a la vida, por sus resoluciones de brazos cruzados e inamovibles pies pesados que no osarán mudarse de baldosa (no sea cosa que la dignidad y el orgullo los miren de reojo). Kupia Kumi se escucha entre medio de su Grito.
Ahí están ahora; jugando al juego en el que siempre ganan. Aprender, conocer. No hay forma de perder con las reglas que ellos mismos establecieron y lo saben. Descubrir, explorar, indagar, averiguar. Taller de clown y un compañero que abre puertas sin esperar la propina, la calle Corrientes embriagada de teatros, curso de improvisación actoral que incluyen besos que escapan de la ficción, radios nacionales o argentinas de madrugada. Franquear los márgenes, disfuminar los límites, salir del cuadro para entrar en el que sigue, saltar de ventana en ventana guardando el picaporte en el bolsillo.
Kupia Kumi. Ahí van; alfiles, caballos despegándose de manos que los guíen; hay van; torres y peones destruyendo las varas con que se manejan los títeres. Ahí van; argumentos kantianos hechos diálogos de personajes; canciones en guitarras que escupen melodías rojas y …rojas. Ahí van; ojos que a todo sacan radiografía pidiendo permiso desde la sencillez de la sonrisa. Ahí van; de a pares, producciones exigentes, gráficas creativas, ademanes y reveses hacia con la vida. Ahí van; llevando a cuesta su ideología, excarvándo las raíces de su patria, exponiendo sin altruismo los cofres encontrados, enarbolando las banderas de una nación que se engrandece más cada vez que la nombran.
Kupia Kumi y gritar como ellos. Enredarte en su juego, ponerte sus zapatos, caminar mirándolos de lejos; discutir como entendidos en el arte de la retórica, subir al tobogán y tirarse como chicos. Ahí andan; ilusiones que se agolpan bajo el mismo umbral, caminos que se dirigen a tocar puertas diferentes, cejas que reclaman, labios que se muerden, nariz que resopla bronca contenida, un abrazo que abrasa la distancia de una manta que falta, la imaginación que condimenta la comida enlatada. Un banco amigo que financia la biletera vacía, la luna de miel improvisada sobre la nieve escasa. Platos que tienen ese preciso gusto que recuerda, abstenciones que se pasan por alto en noches cualquieras, circos que valen lo que cuestan.
Embajadores de la tierra a la que pronto volverán; porción de continente al que enaltecen con su andar. Sin prisa y sin pausa, recolectando esténcils que denuncian, imágenes digitales que aprisonan personas y cosas, futuros contactos (¿excusas para volver alguna vez?), autógrafos (por kilo) del quien quiera estampar su firma en un papel.
Kupia Kumi. Guardarlos en un abrazo hasta volverlos a ver. Y entonces, abrir los brazos y abrazarlos otra vez.
Puntos
Puntoy a parte.Puntoseguido.Punto y coma . & , el que no se escondió se embromaPunto final . (Detrás de este punto no puede haber nada más Se cierra el texto)A menos que lleguen ellos, los invencibles, los inciertos, los dudosos, los Puntos suspensivos ...Y todo el escrito se vuelva interrogante, vacilación, ambiguedadf Maldito trío que nada cierra, que todo abre, que nada termina pero tampoco empieza. Maldita coalición enemiga de mis letrasAquí termina el texto sin ningún punto que lo preceda ni lo siga
Trovadores...
Un libertad amendrentada de mentiras, el inconsciente con collares para perros, la indulgencia entrometiéndose donde nadie le dio la bienvenida, el alquimista que ahorra ilusiones en chanchitos de plástico barato. Un valle andino, un ave que se revuelca en el vacío, el andar de una mujer morena con ponchos villanos del frío; el cantar de la mulata que se escabulle por el río y toca la puerta de un Don Juan de aspecto toísta. Unas manos toscas que hilvanan un pasado de condicionales mal conjugados, la ceja levantada en un espejo de marco de bronce, agajado y deslucido."Trovadora" dijo segura y seriamente. Como si yo jamás hubiese pensado en desarmar los argumentos hechos de ladrillos que defienden mis carreras académicas y perderme entre las páginas de un diccionario que tiene más notas y menos palabras. Me reí. Qué podía hacer. Si supieras los vidrios rotos, la pena de mi garganta cada vez que mis oídos la escuchan cantar y le dan el veredicto que la condena a callar, siempre, siempre y una vez más. "Trovadora, sólo que habría que arreglar(...) y bueno ya es inmodificable eso." No hay clase que pueda arrglar semejante nudo de cuerdas y ese desastroso talento para descifrar los códigos musicales, para entender que todo tiene su lógica. "Hagamos un trato" propuso.Lo firmé, vendí mis letras y aniquilé todo sueño de cantar. Borré con el garabato de mi nombre la ilusión de que ese nudo que ata fuertemente mis cuerdas algún día podría deshacerse. Entregué el documento que avala mi compromiso a perder la autoría de mis ganas y de mis historias. Me condené a escucharme a través de su boca y de su guitarra...Por suerte, sé que esa voz que cantará mis letras es la voz que elijo escuchar cada mañana al levantarme, esa voz que me abraza con el aire que se cuela cuando entona.
lanenayelpayaso
tus palabras se enredaron en el aire con mis gestos ninguno atrapó el mensaje que volaba y a tus intenciones y a mis ansias se las llevó el viento tus ojos pasaron inadvertidos los ruegos de mi boca y mis oídos convirtieron en canciones tus gritos incesantes tu bronca hecha mi risa mis lágrimas en tu ira cuando el final era ya el rechazo impensado de los cuerpos esa inevitable atracción nos encontró suspirando el perdón y otra vez círculo vicioso pero distinto tus manos no buscaron el calor de mi cintura ni mi cabeza tu hombro mis cosquillas no recorrieron tu espalda larga y fina los mates en la cama qué efecto tan distinto y parecido la constante charla entre chistes de verdades y mentiras tus clases particulares de teatro biología y veterinaria mi admiración la boca apretada no era tiempo de regalarte halagos tus palabras elegidas como si fuesen espontáneas para q suenen mas sentidas que me cuidan y me quieren el silencio de mi mano en tu boca tampoco son días para que escuche torrentes de falacias y continúe viajando en alfombras de fantasías te diste cuenta que dolía y la nena volvió al lugar de princesa de porcelana para ser vista y no tocada para ser deseada y no tenida para ser a la distancia centímetros de tu cuerpo al mío kilómetros entre vos y yo la nena aplaudiendo al payaso y el payaso agradeciendo el calor bajando el telón marchándose cuando termina la función cuando el público se ha quedado dormido la nena visita a su adorado payaso en el camerín con la santa inocencia perdida en la pollera tus ojos me cercaron otra vez y propuse lo indecible lo sin sentido lo incoherente lo imposible lo prohibido la noche anterior y no rechazaste la tosca insinuación la nena y el payaso ensayaban su función sin trajes de colores sin beata inocencia sin gentío que aplaudiera la magnífica explosión
Un viento y tus zapatos
Otra vez el viento que levanta las polleras de las chicas de trenzas que caminan apuradas por llegar al colegio donde entre matemáticas y literatura aprenden los componentes químicos de besos y las fuerzas físicas de dos cuerpos.
Otra vez el viento que revela la secreta pérdida de pelo cuando arrebata sin aviso los sombreros de aquellos que sudan en pleno invierno por las acciones de la bolsa, los piquetes que atrasan el tránsito, la agotadora jornada laboral y el fin de mes que siempre es avaro y amarrete.
Otra vez el viento que enreda cabellos largos de muchachas elegantes recién bañadas, perfumadas para ir al trabajo, el viento que se cuela por debajo de las bufandas y los tres pares de medias de los nenes a los que sus madres visten con afán de no tener que pasarse hora tras hora haciendo baños de vapor y poniendo paños húmedos que calmen la tos y la fiebre.
Otra vez el viento que impide que las abuelas vuelvan sonrientes de las peluquerías y que los abuelos con un guiño sutil saquen a pasear a sus viejas parejas.
Otra vez el viento que arremolina papeles de caramelos en las calles de una Buenos Aires golosamente sucia, otra vez el viento que se roba de las zanjas de Corrientes las entradas de un espectáculo de la noche anterior en que muchos rierona carcajadas.
Otra vez el viento que despeina las palabras, que las vuelve suaves y tersas, que las eleva, las agita, las despega de la tierra, las levanta, las vuela. Otra vez el viento que calla el silencio, que enmudece la ausencia del sonido, que trae consigo ese torpe y atolondrado ruido de cáscaras de nueces vacías, de formas amorfas.
Otra vez el viento que bate las alas de las frases que me atormentan los oídos, con ese vals meloso y tanguero, con ese susurro seco de arrabal, que despierta un sonido de noche sin luna, un sonido que me hace temblar.
Otra vez el viento vuelve tus palabras tan livianas y obliga a gritar a mis lágrimas que habían prometido no volver a escapar. Otra vez el viento que rasguña el ayer y que desgarra el mañana. Otra vez el viento que te acerca tan volátil, tan etéreo; otra vez el viento, que como te trae, te aleja con ese sencillez y simplicidad; tu pecho no se agita, tus manos no transpiran, no te movés, no te inmutás, el viento hace su tarea y vos te dejas arrastrar. Otra vez el viento, otra vez esas palabras sin cadenas, esas frases sin horas, ese andar que va y viene, que lleva y trae, que acontece y no sucede, ese hacer deshaciendo, ese deshacer mientras se hace.
Otra vez el viento, y yo me río y me dejo tentar por esa brisa que me humedece los labios con verdades de papel, a las que también el viento se lleva a pasear minutos después. Otra vez el viento y lo quiero atrapar y retener, pero en medio de mi carcajada compulsiva y sonora, siento el frío de un metal que paraliza la sonrisa, otra vez el viento que no quiere quedarse, otra vez el viento que cala los huesos, otra vez el viento que se va, que se fue
Otra vez el viento y la calma, la tempestuosa calma de soledad. Esta vez no es ira, no es bronca, no es desilusion. Esta vez yo ya sabia lo que iba a suceder si volvía a mover la copa de los árboles, si agitaba el agua de océanos y mares. Sabia que el viento volvería, y que volvería también a acallarse.
Otra vez el viento que ya no reaviva el fuego que por el contrario va barriendo las cenizas y que limpia con ellas los rencores, las angustias, los reproches. Otra vez el viento, que enciende otros fuegos, que vuela lejos.
Otra vez el viento sin gris ausencia, sin fatídica melancolía, sin nostalgia de domingo. Otra vez el viento, esta vez se aleja y me deja una tenue sonrisa.
No fueron las palabras, ni las frases bien armadas, ni el rompecabezas que te gusta nunca terminar, es la comprensión de que tu predecible huida no es mi torpeza, no es mi incansable hablar, ni mi querer apresurado....
Es la incertidumbre aferrada a tus zapatos
Andan diciendo que andan diciendo...
¿Pensaste que lo leería? No creo, no creo que te interese en lo más mínimo si advierto o no los adjetivos que andás estampando en las páginas virtuales para modelar mi persona a tus trajecitos ajustados de (pre)juicios. O tal vez esas ganas, más concientes que in-, te llevaron a construir mi perfil (encantador, por cierto) en medio de tus escritos. Lo que queda claro es que yo pasaba pispeando por las letras de un amigo y me distraje en el click de tu nombre y ...me encontré reflejada. Un espejo que me dibuja los márgenes exactos, me configura precisa y completa, me revela mis propias fascinaciones y anhelos. ¿Qué me queda por hacer? Agradecerte, seguro. Agradecer tu sinceridad tan bien escondida debajo de la copa de árboles frondosos. ¿Careta?, ¿nena retrasada?. Casi me viene tu imágen ahora, después de haber leído tus pensamientos que los dejás traslucir en tus actos como se dejan ver los peces de colores en el Río de la Plata. Pero no, me equivoqué, esa es la parte que me toca a mí, ¿no?. Esa es la foto, la radiografía que vos me sacaste. Me pertenece y jamás te prestaría tus palabras que ¿sin querer ?me regalaste.
Nunca tiraría ni devolvería un presente que me hacen (aunque sea por casualidad -¿o causalidad?-). Así que lo envuelvo y lo dejo en el cajón junto con algunos más. Ni siquiera abollo tus palabras (que son sencillas y bien concatenadas...y me pregunto porqué carajo no usás tu excelente escritura para hablar de alguien que valga un poco más), no me tomo la molestia de molestarme en hacer eso. Hago gala de que mi orgullo anda ocupado ojeando otras vidrieras y que no mira siquiera de reojo tus rítmicas palabras que tararean una canción bastante afinada (o eso dirán algunos, que al finalizar tu composición musical aplauirán de pie y asentirán con la cabeza) para escribir esto desde la sociabilidad y la superioridad que me caracterizan (según análisis de una experta en mí. Porque eso es lo que sos, ¿no?). Tal vez si mi orgullo esuviese menos distraído no dudaría en callarme y hacer como si jamás se hubiese reflejado en tu espejo. Pero no anda demasiado atento, así que me permito escapar de sus uñas largas...
Yo ya te dije que los regalos no los devuelvo y tampoco me gusta que me regalen cosas para compartir de antemano. Los diseños que hacés de mi cuerpo, de mi acento aniñado, las configuraciones psicosociales que em atribuís, son mías. Completamente mías. Excluyentemente propias. No son características inclusivas, que puedas impartirle a un otro. Nadie carga más con esas pequeñas descripciones más que yo; así que la próxima vez me encantaría que el regalo viniese por separado, por favor, si no es mucho trabajo. Que ese amigo menos mío que tuyo nunca siquiera disfuminó mis orillas, ni siquiera osó borrar mis mamarrachos de colores que superan los márgenes. Además, mi egocentrismo ruega que hables de mí, de mí solita sin pronunciar otro nombre. Para no confundir responsabilidades, por favor.
Muy a pesar de la edad piscológica que nos distancia (según esa experta en mí) y de la diferencia actitudinal que hay entre vos y yo (según esa estudiosa de mí) hay algunos puntos de contacto, me parece que, precisamente se unen en el momento en que pusiste esas palabras ahí, al borde de la página para que alguien muy chiquito tirase del mantel y se cayeran al piso. Quién es más(ir)responsable: el adulto por dejar las cosas cerca del borde o el niño por agarrarse del mantel. Quién es la careta, la nena retrasada, la estúpida, la superada...
Sisis, claro, estábamos hablando de mí
Justo antes de…
Todo pareciera confluir en esos segundos previos; en ese momento que más tarde no tendrá importancia, que no será noticia alguna salvo que…
Salvo que se pronuncien las palabras no dichas antes,
Salvo que haya una acción/reacción impredecible del cuerpo,
Salvo que una fuerza extranjera y exterior anticipe lo que debería suceder más tarde,
Salvo que uno termine… a salvo. Pero este caso podemos excluirlo de las excepciones porque entonces no sería ya instante previo. Y sobretodo porque una flaqueza de conceptos subjetivos delinea el contorno de la frase ‘a salvo’
Al realismo invocamos cuando decimos que frente a ese suceso que tiene lugar después del momento previo, la novedad se expande invariablemente con las mismas palabras (o similares, muy). Con distinta entonación; con distinta expiración, espiración y fuerza prosódica. Con diferente ritmo, con la particularidad de la circusntancias que describen la finalidad, el objetivo, la superficie, la forma. Pero ahí va, hacia el aire, a la atmósfera, ese lugar común que cuesta o que gusta nombrar, que se disfruta o que se padece al pronunciar. ¿De qué otra forma podría decirse?, ¿de qué otra manera tan concreta, más sublime podría relatarse la noticia? Hay quienes la decoran y la visten de gala agregando adverbios y adjetivos, haciendo de la crónica una nota de color que en vez de punto final termina en cataratas de lágrimas y de mocos y de hipos. Hay otros que simplemente eligen ocupar el lugar de periodistas reservados y son escuetos y acotados en su información; existen los que ante la incertidumbre del porqué juegan al Sherlock Holmes del siglo XXI y como expertos en huellas dactilares, en botellas de cianuro, en rastros de sangre en la bañera, proveen de incotables hipótesis a su oyente-lector. También están aquellos que trasmiten la novedad como verdaderos científicos en medicina y calculan el desgaste óseo, la elasticidad muscular; están los conocedores de la psicología de Freud que explican detalladamente el vínculo entre el suceso y la ¿traumática? infancia del protagonista. Pero no podemos dejar de mencionar, que están los ¿menos? que se alegran de ser voceros del parte, a los que aquel acto les proporciona satisfacción, les provoca un suspiro aliviado o los acerca al aroma de cientos de billetes; están los que transfieren la primicia con una sonrisa socarrona mostrando dientes de oro (está bien robé esta escena de algún film Hollywoodense. Me refiero solo a la imagen del diente porque para oír esa risa, no hace falta llegar al Actor’s Studio).
Todo pareciera confluir en ese instante previo; en ese momento que más tarde no tendrá importancia (a salvo que…volver al párrafo 1). Una pantalla en blanco y negro (a veces, sepia) se dilata en la mente (donde parecía que ya no había lugar para nada) y proyecta, en flashes que duran muy pocos segundos (con el fin de que la mayor cantidad de recuerdos puedan ser mostrados), fotografías de la vida del sujeto que está a punto de ser el protagonista del futuro episodio y de la posterior gacetilla periodística. Como en un casamiento o una fiesta de 15, las imágenes se suceden una tras otra con una música de fondo que cada uno elige a su antojo (el silencio es también, opción válida. Sólo deben apretar el botón que dice mute. Claro, como en el control remoto, tienen razón. Igualito). Algo les debe apretar el pecho o la boca del estómago; no lo sé, pero lo imagino. Deben sentir una corbarta alrededor del cuello, un chaleco atrapando el tórax, un traje ajustado de neoprén hasta las piernas. Un súbito gusano congelado debe recorrerles la médula espinal, pinchandola con sus finas patas, surcándole la piel, penetrando hasta sentir el crickcrack de los huesos. Y una mueca rígida contorneará la boca, la lengua buscará empapar con una saliva excesiva los labios resecos; reirán con ojos de sal, llorarán con azucarada melancolía en el paladar. Gritarán desde el silencio más perturbador y ensordecedor, callarán en ese grito o rugido hueco y vacío. Uranio incinerante, cromo refrigerador. Desafinados ritmos cardiovasculares, perdidos caminos venales-arteriales. La velocidad de la película biográfica aumenta, ya no es diáfana la imagen, barras de colores entrometidas en la parte superior de la pantalla, pequeños puntos piscodélicos arañando con su shhhhhhhhhhhshhhh los recuerdos enmarcados. Elegir la última foto de entre todo el repertorio, pasar agitadamente las páginas. Buscar, buscar oh! venerado zapping. ¿Apretar forward y que el The End se lea en letras grandes y negritas o dejar en pause el video y ajustar el trecking para poder ver todas las imágenes claramente? Afilados dientes trituradores aprietan labios rígidos, resecos por la sal que los cubre de melancolía.
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No me dejaste decidir. Ninguna opción para cambiar de canal. Tu cuerpo extendido boca abajo, sobre el mármol de la cocina. Tu espalda ancha desnuda, los pantalones de lino color caqui que te había regalado hacía menos de una semana, tus pies descalzos. El perfil derecho de tu cara apoyado contra el suelo, la nariz aguileña tan buscadora de perfumes frutales, no oliendo nada. Los pedazos de una taza rota cerca de tu mano extendida, el color café decorando el piso, los azulejos de la pared, de los que cuesta tanto sacar las manchas. Tu temperatura, entre el uranio incinerante y el cromo refrigerador; sólo te toqué para comprobar que mi impresión hubiese estado equivocada, sólo para que sin hablarme me dijeras que estaba confundida. Y como soy persona, simple humana, sencilla bípeda racional te dejé (o dejé a ese conjunto de tejidos y posadero de huesos y músculos y sentimientos silenciados y pelos enmarañados y fracasos en pretérito imperfecto y proyectos en futuro y promesas en condicional) tirado, tal cual te había encontrado. Porque esa quería yo que fuese mi última versión tuya, la que vos me habías querido dar. ¿Eso habías querido, verdad? Puedo afirmarlo con sólidos argumentos, puedo inventar miles de razones, si total quién me va a contradecir. Claro, nadie se atrevería a discutir de eso conmigo; nadie, porque como te dije soy simple persona. Nunca quise ser ni médica, ni periodista, ni psicóloga, ni detective privado inglés, nunca quise ser portadora de noticias, ni vocera de novedades. Te dejé ahí para que hables vos solo, para que seas vos quien les cuente a todos ellos tu decisión, para que nadie te robe, ni por un minuto, ese lugar que buscaste de ser protagonista; te dejé ahí para irme y llevarme la primicia, para no revelar el secreto que pronto se sabría pero no por mi boca. Me fui adivinando, imaginando, diseñando tu película biográfica que habías visto en ese instante justo antes de…