MARGENES FRANQUEADOS
Una foto en blanco y negro. El cuerpo de ella cubierto, casi íntegramente, por el de él. Sólo se ve su flequillo revuelto y rebelde; asoma sólo una de sus piernas largas y finas. Sólo en la frente se marcan las venas de una preocupación. En la de ella, claro. El foco está en un lunar sobre la espalda ancha de él. Los brazos aguerridos se pierden en la oscuridad que inunda el cuarto, parece que la abraza, otal vez sólo esté intentando librarse de su cuerpo esfímero. De la cintura para abajo, su silueta de hombre robusto se dibuja detrás de la sábana. Tampoco se conoce cuál es la expresión de su rostro.
Hay una lágrima que mancha la foto. No sé con precisión si está dentro o afuera. O en ambas. Tal vez los dos lloraban ese día de marzo, porque el otoño amanecía y con su terca fuerza se robaba las hojas, arrancaba la última que quedaba en el árbol. Tal vez había sido ella quien al examinarla una y otra vez acostada en su cama, había empapado de sal esa imagen que le dolia en la melancolía de la noche solitaria. Quizás, ella lloraba ese llanto, que ambos habían ya llorado esa madrugada de marzo en la misma cama que estaba menos vacía pero igual de solitaria.
Los bordes opacos de la foto se pierden en la oscuridad del cuarto. Se franquean los márgenes de la imágen. Un cuadro en otro cuadro, que está a su vez adentro de otro cuadro. Una asociación que llevaría a recordar a...Mariana deja repasar con sus ojos miopes su cuerpo, el de él, acostados, deja de reflexionar sobre aquella última hoja que se cayó del árbol.
Una fotografía no mirada, no vista, no examinada, no tiene vida. No existe. Nunca fue fotografía. Sólo un click, sólo apreciación para quien la sacó. Lo mismo que un libro no leído, puede ser invención de su autor. Un escritor y un fotógrafo precisan del lector y del público (aunque sea sólo uno) para que exista su creación.
Mariana deja morir la imagen. La almacena en el olvido del estante de su habitación. La condena a perecer por, al menos, unos instantes. Derriba la frontera de esa oscuridad de madrugada otoñal y avanza sobre esa noche en que la luna no es tan luna y la soledad tan fiel. ¿Estará también, llorando él?. Seguramente, no vacilan la misma duda ni les duele en la garganta la misma angustia. Pero Mariana sabe que esa noche lloraron los dos y que ahora llora ella.
De nada le vale esa fotografía. Puede ver, tan claramente, el cuerpo de él boca abajo contra su cama. Ella se mira contra su colchón, boca arriba. Se toca la frente, una vena de angustia le late empedernida. Imagen. Borde, límite, frontera indiscernible. Una foto en blanco y negro.
Hay una lágrima que mancha la foto. No sé con precisión si está dentro o afuera. O en ambas. Tal vez los dos lloraban ese día de marzo, porque el otoño amanecía y con su terca fuerza se robaba las hojas, arrancaba la última que quedaba en el árbol. Tal vez había sido ella quien al examinarla una y otra vez acostada en su cama, había empapado de sal esa imagen que le dolia en la melancolía de la noche solitaria. Quizás, ella lloraba ese llanto, que ambos habían ya llorado esa madrugada de marzo en la misma cama que estaba menos vacía pero igual de solitaria.
Los bordes opacos de la foto se pierden en la oscuridad del cuarto. Se franquean los márgenes de la imágen. Un cuadro en otro cuadro, que está a su vez adentro de otro cuadro. Una asociación que llevaría a recordar a...Mariana deja repasar con sus ojos miopes su cuerpo, el de él, acostados, deja de reflexionar sobre aquella última hoja que se cayó del árbol.
Una fotografía no mirada, no vista, no examinada, no tiene vida. No existe. Nunca fue fotografía. Sólo un click, sólo apreciación para quien la sacó. Lo mismo que un libro no leído, puede ser invención de su autor. Un escritor y un fotógrafo precisan del lector y del público (aunque sea sólo uno) para que exista su creación.
Mariana deja morir la imagen. La almacena en el olvido del estante de su habitación. La condena a perecer por, al menos, unos instantes. Derriba la frontera de esa oscuridad de madrugada otoñal y avanza sobre esa noche en que la luna no es tan luna y la soledad tan fiel. ¿Estará también, llorando él?. Seguramente, no vacilan la misma duda ni les duele en la garganta la misma angustia. Pero Mariana sabe que esa noche lloraron los dos y que ahora llora ella.
De nada le vale esa fotografía. Puede ver, tan claramente, el cuerpo de él boca abajo contra su cama. Ella se mira contra su colchón, boca arriba. Se toca la frente, una vena de angustia le late empedernida. Imagen. Borde, límite, frontera indiscernible. Una foto en blanco y negro.

0 Comments:
Post a Comment
<< Home