Variete a la crem

Sunday, March 19, 2006

Duende

Pasa y repasa el lápiz sobre el papel. Se quiebra la mina; los garabatos de líneas sin destinos, bidireccionales, de color gris oscuro (casi negro) arañan la mesa. Traspasaron un papel demasiado endeble para su fuerza. Fuerza incontrolable, inmanejable. Al menos, hoy. Hoy que cree que Van Gogh, Miró, Kandinsky, Dalí y hasta el mismísimo Rubens son puros retazos sin sentido, sobrevalorados por críticos snob que escuchan música clásica y comen con 3 pares de cubierto; aunque sólo coman dos platos y no entiendan nada de de impresionismo, cubismo y renacentismo; aunque no entiendan la concatenación de do-re-la-fa, ni de semicorcheas y blancas y negras. Abolla la hoja. Acribilla el aire de insultos, que no buscan aterrizar en ningún lugar. Inhalo por tres, exhalo por cinco; repite, casi susurrando. Aprieta Play en el equipo y un cubano (uno de esos, de los rojos, de los amigos de siempre; uno al que le podría hablar de sus planes revolucionarios sin armaduras ni armas) le canta despacito una canción con Mariposas.
Mi duende que dibujo en los renglones y que mato (inventándolo) en palabras estaba malhumorado hasta hacía un rato. Pequeños ojos negros avispados por una bronca de miércoles en mal estado; zapatos mojados, alarmas silenciosas , calles repletas de apuro en suspiros de tranquilidad, noctámbula vigilia, sueño inconsumado. Lo invito a bailar una salsa. Su sombra se mueve entre los rincones de mi página con cada nota musical que le dicto, con cada golpe en el tambor, que mi asistente (con tanto esmero) da en ese instrumento viejo y ajado. Ahora ríe y debajo del ala de su sombrero (que yo misma diseñé copiando un estilo centroamericano), pinto dos hoyuelos donde seguramente me tiraré a dormir en algún momento.
Se divierte y ya casi no me mira. No necesita las letras para poder seguir viviendo. Su risa contagió a sus ganas, y de repente mi hoja se llenó de invitados suyos (ajenos a mi mano). Hace y deshace sus movimientos y va y viene, y le pierdo el rastro. Y ya no sé siquiera si supo alguna vez de mí. Y ya no sé siquiera si yo alguna vez lo imaginé, lo inventé y lo hice enojarse y reirse, bailar y cantar. Y ya no sé...
Sin embargo, ahora lo veo apartado del grupo. Al costado de la mesa donde yacen las copas sedientas y la bandeja vacía. Otra vez. Lápices (de colores ahora) y un par de papeles blancos. Intento espiar por sobre su hombro. Ni se inquieta (desconoce mi presencia, ¿desconoce mi presencia?).

Puedo adivinar su trazo; ese trazo suave, delicado, su ir y venir por la superficie sin textura, sin relieve, sin restricciones de ningún tipo. Por sobre su hombro, me miro y me encuentro estampada dentro de un sombrero, de estilo centroamericano, escribiendo acerca de un duende que estaba malhumorado y que ahora me dibuja escribiendo sobre él...

Parece que no le está gustando su pintura porque lentamente, hasta con un dejo de melancolía, me va borrando. Primero, la cara, después hace desaparecer el sombrero y termina sacándome el lápiz y borrando mi mano...

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