Variete a la crem

Monday, March 20, 2006

DESNUDAS, SIN DESNUDARTE


Estás desnuda frente a la multitud que se aprisiona en el restaurante. La lluvia de abril, un partido de fútbol que define el campeonato, la hora de cenar (o la hora del hambre que no tiene horarios). Grupos de mujeres que cuelgan carteras de cuero mojadas, paraguas con estampados de flores y rayas en el respaldo, se secan la cara con toallas de papel, se miran al espejo, corren al baño con un pequeño estuche entre las manos. Vuelven a sentarse a la mesa, como si jamás las gotas de humedad callejera las hubiesen rozado. Grupos de hombres que sonríen frente a un resultado deportivo que deja a su equipo como líder de la tabla, hombres furiosos que esparcen insultos contra jugadores y árbitros, otros tantos que entre la cerveza y el maní comienzan un fervoroso debate sobre el inminente torneo mundial. Algunas parejas susurran entre platos de comida un secreto, una anécdota cómica, un chisme superfluo que genera sorpresas y bromas. Los mozos corren, se tropiezan, tiran bandejas, levantan botellas, sirven pastas, retiran cafés abandonados al destino residual.
Vos estás riéndote. Desnuda. Con esa risa que te revela en tu entera intimidad. Que allana un camino señalizado. Facilidad para los viajeros, turistas, para los interesados en llegar a tu puerto, a tu hotel, a tu estación. Pistas, guiños, gestos. Cartas marcadas que ayudan al curioso que intenta jugar tu juego. Tamborileas tus dedos resecos, sedientos de cremas contra la mesa bordó. Voy a esperar, le decís al mesero. Está bien, responde. Se pierde en la hilera de dientes grandes, blancos y perfectos que le mostrás. Se acuesta, sin que te enteres, en los hoyuelos que zanjan tu piel trigueña. No se preocupe señorita, después me vuelve a llamar. Pobre, no sabe cómo salir de tu laberinto. Busca frases, palabras para seguir mirándote, al menos un rato. De esos tipos pasaron muchos por tu vida; cómo te entretuviste con ellos. Les tenías afecto, simpatía, hasta cariño podría decir pero desde un comienzo supiste que jamás ganarían lo que pretendían. Hombres sinceros, caballeros apuestos, príncipes con espadas que no te conmovieron. Vasallos, sirvientes, aspirantes de la nobleza. Reina reticente a ciertos amores, ridiculiza temores varoniles. Se divierte, agradece el apetito del querer y les cierra la puerta a sus espaldas.
Pasás las hojas del libro espiando el contenido; pero verdaderamente, es otra cosa lo que estás mirando. Escudriñás a tus comensales vecinos y a los más alejados. Robás palabras de acá y de allá. De la mesa izquierda, una discusión matrimonial, una pelea por la falta de responsabilidad académica del hijo. Crees oír. De la mesa derecha, una discusión femenina, ¿hombres histéricos o miedosos de relaciones serias? No vas a opinar, pero vos tenés tu teoría hecha y rehecha. Tus teorías, perdón. Las que explican cada movimiento, cada reacción. Te gustaría debatirlas con ellas. Pero no, para qué. Ya llegarán tus amigas (qué retrasadas están) y charlarán sobre eso. Seguramente, aunque hace tiempo que ya no lo hablan. Será porque después de siete años, cada una conoce lo que dirá la otra acerca de determinada situación. Sin embargo, a veces, te sorprende. Sí, aseverás silenciosa. Hoy plantearás el tópico. Te gusta debatir, te gusta organizar las charlas, te gusta el orden y la enumeración de argumentos lógicos. Te gusta escuchar cada letra, de más y de menos, que la gente que te rodea, exhala y esparce en el aire como partículas necesarias para componer el aire.
Tu mirada de hollín anda vagando en busca de nada hacia las mesas cercanas a la puerta. Un sorbo del café con leche, que le pediste al mozo, harta de aguardar la llegada de tus amigas, te quema los labios anchos y pintados de un rojo artificial. Un rojo que compraste hace unos días, cuando jugando a ser más mujer, te diste cuenta que eras sensual, que tenías un halo de feminidad en tu boca. Que era el rojo artificial en tu boca tan natural, algo que te convertía en una mujer más atractiva. Y te gustaste ese día, y te sentiste cómoda en tu disfraz de mentira, porque tu disfraz es natural. Pero pintada la boca de rojo artificial y ensombreciendo aún más tu mirada de carbón, de hollín, de humo espeso, te viste más vos en el espejo. Inesperadamente, tus ojos enmascarados, delineados, cayeron en un lunar estampado cerca del lagrimal izquierdo de un muchacho que te inventaba de memoria con su mirada. Se la retuviste, sólo siete segundos y medio, llegaste a contar. No pudiste más. Lo sabés, esos hombres son los que después, cuando te acostás despatarrada en tu cama, destapándote una pierna y dejando la otra bajo la calidez de las sábanas, aparecen para proponerte lo que vos no te animaste cuando los viste por primera vez. Cuando los invitaste a perderse en el juego odiado por Teseo, cuando los llamaste en silencio a no salir de las ruinas circulares. Aunque, reconocés, que probablemente, seas vos misma quien termina mareándose en tantos rumbos sin señales.
Estás otra vez desnuda. Te reís. Sabés que aún te está mirando. Abrís el libro, en la página 88; capítulo VII. “Gustavo la mira impaciente. Ella busca en su cartera, algo, algo, cualquier cosa, algo para desviar su atención, para no mirarlo. No quiere que la reconozca después de tantos años. Aunque ya sabe que es inevitable el reencuentro. A sólo tres mesas y su paso del tiempo que no dejó marcas en su cuerpo. Sólo tres mesas, sólo tres años. Ningún cambio. Inevitable la decepción del encuentro. Lo ve entrar a Juan Carlos, sonriéndole, con un ramo de jazmines y el diario en la otra mano…”. No entendiste nada, si ni siquiera habías leído el prólogo del libro que te habías comprado a esa misma mañana., cuando te dejaste vencer por las ansias de leer en el colectivo y te encontraste sin nada en la cartera. Una librería en el camino a la parada, y un sueldo aún sin estrenar en el bolsillo, son dos probabilidades que pocas veces se dan en tu vida. No la dejaste pasar. El muchacho que todavía te mira y al que espías por encima de la tapa, se llamará Gustavo, te inquietás. Tu curiosidad debería tener un límite. Lo tiene, sí, no te vas a acercar. Crees en la casualidad, en el azar. Pero también crees en la causalidad. Problema metafísico que tu amigo Julio te planteó y que todavía es una dicotomía de hierro que acecha tus pensamientos cuando lo recordás. O cuando algún acto imprevisto te demanda hacerlo.
Otra vez, te estás dando cuenta sola. Estás desnuda frente a él. A ese muchacho, que no sabés si se llama Gustavo (después sabrás que no, cuando llegue su novia y en una discusión le diga “Ya lo hablamos, Ramiro. No lo hagas más difícil”) pero que de cualquier modo, te encuentra despojada de todo. Siempre estás sin ropa cuando reís, siempre estás carente de modas y modales cuando sonreís, siempre te falta el todo y te sobra la nada cuando esbozás esa mueca ridícula que deja tu dentadura perfecta a la vista de quien quiera husmear dentro de tu boca. Siempre se hace cierta la transparencia de tu venas cuando la carcajada desborda tu garganta y te lastima (aún más) esas débiles cuerdas vocales, que humo a humo se van destruyendo (y reconstruyendo en nódulos bien logrados). Lo intentás impedir. Hace unos años, lo estás tratando de hacer. Desde aquel día que un viejo conocido, que te conoce más por diablo que por viejo, te cantó de buenas a primeras como eras, tan sólo por reconocerte detrás de tu sonrisa, al momento de saludarlo. Y te reflejaste en sus palabras, y te viste calcada en los adjetivos sencillos que usaba para dibujar tu persona. Y los detalles hechos con una mina muy delicada y fina, te dibujaron pequeñas cicatrices en la autoestima y el carácter. Intentaste, desde esos años, no quedarte desnuda, frente a un público que te mira, entre azorado, extrañado, interesado.
Estás desnuda; invitando a perderse en tus caminos; seduciendo transeúntes a que participen de tu juego macabro (sin salidas, con recovecos, sin señales, con obstáculos). Estás desnuda y creés conocerte; porque los demás dicen que se te ve hasta el alma cuando te reís, y estás desnuda… Y sin embargo, sos vos quien se pierde en la retórica, quien se deja batallar por palabras armadas. Porque desnuda y riendo confundís al público con tus reglas de juego. Nadie creería que bajo esa transparencia, aparente; bajo ese haz de luz inocente, se esconde la reina de picas, reina que llevó a Alicia a vagar por callejones sin retorno. Vos crees tu desnudez, porque ellos la dicen, porque ellos la cuentan, porque la inventan y siempre es más verdadera la realidad dicha en palabras que en sentimientos.
Y vos no estás desnuda, pero es cierto que reís y nos desnudamos los demás. Pero algunos no pueden (no saben) ver que frente a tu risa espasmódica, asmática, se quedan sin ropa, sin moda, sin modales, sin todo, con la nada.


Desnudos, mirando tu risa roja.

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