¿Final del juego?
La voz de él en el teléfono. Otra vez había terminado el juego. ¿Lo hacía con desconocimiento de consecuencia o realmente era ese punto final lo que él buscaba? Milena inhaló el aire espeso de la duda contrariada, esas partículas de oxígeno intoxicadas con interrogantes punzantes. Escuchó en silencio su hola, hola, ¿se escucha?, hola, hola… y colgó. Titubeó, ¿debería llamarlo?, ¿debería aceptar la invitación que él, probablemente, le haría? No, no era parte del contrato, del reglamento, de las estipulaciones, de las normativas que jamás habían firmado; pero que ambos implícitamente conocían.
A Milena el llamado no la sorprendía. Lucas siempre había sido aficionado a quebrar las reglas, aunque sólo fuese por romperlas. No estaba asombrada de aquel acto; sin embargo, siempre el final la dejaba exhausta, abrumada, atontada. Se lamentaba por aquel párrafo aparte que él acababa de escribir. ¿Cuánto debería esperar para volver a jugar?, ¿cuánto tardarían, de nuevo, en encontrarse en su no-lugar, en su no-tiempo? Con fuerza volvió a batir el café que se estaba preparando. Quería no pensar más en esa inútil travesura lúdica que se permitía vivir en la esfera paralela a la vida cotidiana. En vano, el esfuerzo.
El primer sorbo de ese café, por distracciones, amargo le hirió con calor sus labios finos (casi invisibles, delgadísimos, sutilmente opacos). Repentinamente, sintió la liviandad del deshago. Comprendió que ese llamado formaba parte, también, del juego. Era la forma más correcta, más sencilla que Lucas tenía para decirle que él quería continuar jugando. Si hubiesen seguido las pautas, ambos se habrían aburrido demasiado rápido. Claro, suspiró y en ese suspiro esparció minúsculas gotas de café, el juego recomenzaría dentro de unos días, meses, años, cuando los dos hubiesen tenido tiempo para respirar sus ausencias y extrañar y necesitar sus presencias.
Milena apoyó el lado izquierdo de su cabeza contra la almohada y pensó que la próxima vez sería ella quien rompiese las normas del juego y lo invitaría a encontrarse en un lugar y tiempo determinado. El solo imaginar que él aceptaría esa propuesta y que, automáticamente, se esfumaría para siempre de sus vidas ese no-lugar y ese no-tiempo donde ambos vivían ajenos a la mediocridad, la entristeció. Nunca antes lo había reflexionado (quizás porque nunca antes el juego había ganado tantas hectáreas en el área de su vida); ¿estarían los dos jugando a lo mismo? Temió el interrogante, temió la respuesta. Una catarata de preguntas se coló por entre las sábanas. ¿Habría él ya terminado de jugar?, ¿el llamado iniciaría otro juego?, ¿quería ella participar del nuevo juego?, ¿o se habría cansado él y quería avisarle su retirada de la partida para siempre?, ¿cómo se enteraría, ahora ella? Se dejó vencer por la maraña de enigmas y un viejo disco de Tom Waits apuró su sueño.

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