Irse (en conjunto con Leo)
Irse de Lima a Buenos Aires -y viceversa- cuesta sólo unos versos. ICamino sobre el ojo
de las veredas
abro los párpados
de las esquinas
y no llego donde dice final
no empiezo donde dice aquí empieza
dónde ser
piso
mis pies
las palabras incrustándose
al final de mis labiosIIafonía permanente
corroe sediento paladar
nada bajo tus pies
nada bajo la lengua que intentás hablar
áridos sonidos guturales
desde los escombros húmedos
desde los agujeros que forman tu nombre,
tu voz llagada
almejas vacías en la playa
adentro
no hay nadaIIIDónde vivís, dónde estás
Dónde el inicio inacabado
De tu voz
donde un nudo atrapa el infinito
(una y otra vez como una máquina)
el encordado de líneas y sogas
reconstruirá la melodía
pero ya nada encontrarás
no hay uña ni cutícula
para atravesar con la aguja
y saberse viva
El dolor que empieza en la epidermis
termina cuando gritás
Y que te hagas otra vez de forma como el agua
de uñas, de lenguas y tobillos
y te enrosques en la espuma
seas: molde de orilla
Brevaje
(para tomar sin prisa) Beberé lo breve, dos veces bueno si. Menos malo si poco. Entonces, saco del cuadro el cuadro y le pongo punto al final que jamás lo sería sin el punto detrás. Y me renazco en las vías, donde tantos otros encarrilan sus vidas hacia otras que llaman mejores. Beberé lo malo, lo tomaré rápido, mejor si breve el tiempo en que trago. Y no escupo porque entonces el cuadro volvería a estar dentro del cuadro y al punto le seguirían otros dos. Y ya no pasaría el tren por mí. Beberé lo que hoy haya en las vías. Beberé la aridez de La Pampa y la humedad de Misiones. Beberé los galpones tatuados del Conurbano. Beberé el pasto amarillento de un invierno oxidado. Todo lo que hoy beba, todo, será de un sorbo. Sin respirar tragaré el jugo de luna blanca y el alicante rojo del ocaso. Beberé el ácido de las retinas vencidas de tanto mirar. Beberé el cuadro, y el cuadro que hay dentro de él también beberé. Beberé las vías que se cruzan metros antes de la estación, beberé el tren que pasa por mí. Beberé lo breve y será doblemente bueno si lo bebo velozmente y beberé lo malo y lo poco de un trago. Beberé el punto, después de haber bebido los otros dos.En el fondo del vaso dejaré el final, para beberlo y degustarlo y disfrutarlo y extasiarlo con todas las papilas de la boca y del cuerpo.
Alimañas
La alimaña sonríe con sus dientes amarillos de anticuario poco visitado. Camina, chueca, mojándose con los últimos adioses del invierno. Y sonríe, la alimaña, con su cuerpo destartalado y sus ropas de colores superpuestas y malpuestas (porque jamás entenderá el orden artificial de la vestimenta). Pinchándose la nuca con los primeros rayos sulfurantes (y oxigenadores) de la primavera, salta las nuevas verjas negras de las plazas.
La alimaña sonríe y mira alrededor: vinchucas casi desnudas en la reposera improvisada, orugas lívidas con paraguas, peces espada esgrimiendo sus armas en las paradas de colectivo, arañas pollito abrazando con todas sus fuerzas a los caracoles que leen el diario. La alimaña sonríe mientras compra su séptimo helado del día.
La alimaña vuelve, despacio hasta su casa y escribre en su diario:
Pobres aquellos que se llenan la boca y sacan la lengua repleta de perdigones
Pobres los otros que se pasan las horas contando el cuento del tiempo y terminan de escribirlo cuando mueren
Tomó un vaso de juego de naranja exprimido y siguió:
Aboliría el paraguas de las orugas y las espadas de los peces. Demasiadas defensas terminan atacando.
Implementaría la desnudez como indumentaria. Y de vez en cuando permitiría taparla.Porpondría una ley para cortar algunas manos a las arañas y se las pegaría a los bichos bolitas.
La alimaña cerró el cuaderno anillado de flores violetas y prometió seguir al día siguiente. Sonriendo, se acostó sobre la alfombra y se durmió, sonriendo.
Ay, qué voy a hacer
Ay, ahora qué voy a hacer. En la última fila de asientos, contra la ventanilla repetía esa frase una y otra vez. Su suéter celeste pastel resaltaba la piel trigueña de su cara. Tenía los labios estrechos y el rosa pálido se había descorrido en las comisuras de su boca. Lloraba detrás de los grandes anteojos cuadrados, como una nena que perdió una muñeca, como una muñeca que perdió una nena. Ay, ahora qué voy a hacer. Ay, qué voy a hacer. Tiraba su cabeza hacia atrás y dejaba a la vista su dentadura desprolija y machucada. El pelo castaño y rubio por mechones le caía sobre el pecho donde se mezclaba con un collar de cuentas de bronce. Las manos venosas apretaban fuertemente una bolsa blanca. Violentamente la sujetaba, con ansias de asfixiar y degollar el plástico delgado.Ay, ahora qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Ay, qué voy a hacer. Miraba a todos y preguntaba entre sollozos. No susurraba; hablaba alto, balbuceando por el hipo pero sin pudor de ser oída. Tenía la compostura de esas maestras que pierden la paciencia ante el silencio de su clase, la de esas maestras que se caen a trocitos frente a la indiferencia de los feligreses de guardapolvo blanco. Ay, ahora qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Ay, qué voy a hacer. Nadie respondía su urgencia de respuesta y su llanto se aceleraba aún más. Pasaba la bolsa de una mano a la otra. Centro de Diagnóstico decían las letras grises sobre el plástico blanco. Miraba por la ventanilla con la cabeza pegada al vidrio, que su respiración empañaba. Murmuraba palabras sueltas: médico, dolor, vacío, futuro. Las balbuceaba y las tiraba por la ventana, regando el aire de partículas inflamables. Ay, ahora qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Ay, qué voy a hacer. Vendí mis anillos, puse en venta mi casa, dije todo lo que tenía que decir, imaginé lo que vendría después -una y otra vez-, escribí una carta extensa que firmé con lágrimas, les avisé a todos, los preparé para el capítulo final y ahora, ahora, ahora qué. Me lo avisan así como si nada. Que qué dolores, que basta de ambulancias, que se acaben los planes, que festeje, que qué me pasa, que me ría. Me exigen que me alegre, me palmean, me felicitan, me abrazan. Me dijeron todos los barbijos celestes que no me muero en los próximos días.Ay, ahora qué voy a hacer
Todavía
No miento
Sólo proliferan de mi boca
Peces y algas, pulpos y almejas
Que me deforman la lengua
Se escucha
La arena vomitando el mar
Y el canto de sirena atrapado en las rocas
Y ahí se queda
Todavía
No digo verdades
Sólo brotan de mis labios
Caracoles y aguas vivas
Que pican los dientes
Y se ahoga
El mar tragando la arena
Las rocas lastimando voces de sirena
Y ahí se queda
DESFONDADA mi lengua
Paraguas Amarillo
El paraguas amarillo está roto y vencido. Y se vuela con el viento norte que arremolina las aguas del Atlántico. El navegante lucha y tironea para que no se escape. Anda solo el joven viajante, anda solo con sus ganas de irse y su paraguas destartalado.Cuando el océano hace eco de la calma, el marinero delgado y pelilargo sujeta al amarillo objeto que ya no se rebela mientras tararea una canción de raza negra y los pies siguen el ritmo golpeando los asientos del velero. Se olvidó de darle dirección al timón, el navegante. Encalló en una isla de arena y de palmeras, sin nombre, sin humanidad a la vista. Se echó a descansar un rato bajo el sol y cuando despertó decidido a emprender la retirada, los ronquidos crujientes del motor le avisaron que cualquier despedida sería en vano.Un grillo lo escucha apoyado sobre su huesudo hombro izquierdo. El viajante le cuenta las historias que hubieran ocurrido de no haberse quedado varado en esa isla. Hace días que ya no dibuja señas en el aire ni grita auxilios mirando el cielo. Ya no espera. Con el paraguas amarillo en su mano derecha baila una canción que tararea. Ya no espera irse. El joven marinero se sienta sobre la arena, aprendiendo a quedarse.
Mármol
Los pedazos de bronce se desprendieron. Uno a uno tamborileban contra el suelo y rataplán rataplán. Sólo gris hierro quedó la armadura -casi desarmada-. El otro se reía brusca y violentamente, tomándose la panza con una mano mientras con la otra se tapaba la boca. Quizás, exageraba como un chiquillo intentando captar la atención de sus padres. Pero la carcajada y la burla estaban ahí, ante el derrumbe de metales. Ante ella, con sus dos largas trenzas negras y su piel clara. Debajo del gris hierro sus piernas tersas y pálidas de invierno y sobre la armadura sus ojos vacíos de mirada, repletos de pudor amarillento. Los dientes torcidos del otro, los labios resecos por la risa le colmaron las pupilas rojas de furia y verguenza.La general Arlette avanzó despacio hacia su oponente, que se había desplomado en el piso (acentuando aún más el absurdo de su representación de infante). La apuntaba con el dedo mientras dejaba escapar unos chillidos socarrones y no vio la poca distancia que había, ahora, entre él y el cuerpo de ella. Se agachó para ponerse a su altura. El otro reconoció el inminente peligro y buscó la lanza que había quedado tirada, unos centímetros detrás de su espalda. Era tarde. El gris hierro le entró de lleno en la cabeza, resonando sin rataplán rataplán.Lo último que vio fueron aquellos pechos tan desprolijos y pequeños sobre el vientre blanquecino donde las batallas habían dibujado un trazado de caminos colorados. La risa moribunda se destiñó entre la sangre. Recuperó la mirada y vio de mármol su cuerpo. La general decidió que iría a la próxima guerra sin gris hierro ni bronce.
Atemporalidades
Hoy me vuelvo sin haberme ido mañaname espero sentada ante un tablero parpadeantemordiéndome el labio fino con los ojos hinchadossabiendo: ayerel día que debía sercambió de hora, y cinco del que viene despuésy nada pasóantesme vuelvo sin haberme ido
Sobrevivir el momento
'Cause nothin' lasts forever...Sólo un resto del mundo y eso alcanzó para sobrevivirme. Un delgado hueco y por él, mi yo adentrándose en mi mí más mío.El viento de una inminente primavera desparramando la yerba seca en la pollera turquesa. Olía a vainilla y la zona oeste de la ciudad vista desde la autopista era un puñado de techos colorados. Fotografías aéreas tomadas desde la tierra. Al compás de una balada rockera, el auto avanzaba zigzagueando por los carriles. No conocía el camino. Tampoco nosotros, en verdad, sabíamos a dónde íbamos. Poco importaba. Sólo el resto del mundo que entraba por las ventanillas desnudas. Nos sobrevivimos, en ese momento, para siempre.'Cause nothin' lasts forever... even cold August rain