Sonando con ritmo
Erámos hermanos. O fuimos hermanos. Pretérito perfecto simple.¿Simple? Era simple. Fue simple.
Sin sellar ni firmar, sin letras chicas ni tintas invisibles, sin entrelineas ni criptogramas habíamos pactado un feliz dúo de superhéroes, un imbatible dueto de poderes sonando con ritmo.
Los cuadritos de la historieta se reproducían y nosotros saltábamos juntos de uno a otro. Cuando el autor decidía que alguno debería derrotar solo a un villano, el otro espiaba desde detrás de la línea negra divisoria por si tenía que desplegar capa y sacar uñas.
Fuimos hermanos aunque los personajes envidiosos que poco entendían de vos y de mí creían que algo menos fraternal sucedía entre nosotros. Fuimos hermanos y el autor nos daba una mano y me enroscaba en historias amorosas con héroes desconocidos y te presentaba mujeres atractivas en cada capítulo. Fuimos hermanos y nos sabíamos en miedos solitarios y fobias de ocho patas.
Fuimos hermanos hasta que nos avisaron que nuestros árboles geneálogicos no se enredaban ni en España, Italia, Alemania o Turquía. Fuimos hermanos hasta que el autor se dio cuenta que ya no vendía demasiado. Hasta que reunió colegas, debatieron y tuvimos que aceptarlo.
Entonces, fuimos muy buenos amigos.
Y ningún cuadrito con mala intención y ningún autor despistado y con sobras de soledad pudo revertir esa situación. Aunque quisieron una y otra vez vernos destrozándonos y dejándonos y reprochándonos y llorándonos y abrazándonos y besándonos. Aunque quisieron miles de veces, (con colores distintos probaron, con lápices de punta diferente con distinto grosor) no hubo caso. Los pobres autores se creen inventores, creadores. Igual que esos estúpidos jugadores de ajedrez que piensan que dominan las piezas. Ninguno de ellos sabe que el caballo blanco y la torre negra tuvieron una secreta relación y por eso saldan sus cuentas. Los ignotos dibujantes, ignorantes escritores jamás supieron de nuestro pacto tácito, creyendo que nos construían a su medida, pensaron que podían hacer con nuestros cuerpos lo que quisieran.
Fuimos hermanos. Ya nos hicieron saber que no
Erámos amigos...
Y aún después de que la historieta dejó de comercializarse por los números en rojo del staff de creatividad, nos espiamos desde atrás de los cuadritos afilando uñas, desplegando capas por si tenemos que rescatarnos el uno al otro.
Somos amigos, aunque desde el otro lado nos quieran convencer.
Somos amigos sonando con ritmo, con un ritmo que sólo nosotros sabemos llevar.
Sin sellar ni firmar, sin letras chicas ni tintas invisibles, sin entrelineas ni criptogramas habíamos pactado un feliz dúo de superhéroes, un imbatible dueto de poderes sonando con ritmo.
Los cuadritos de la historieta se reproducían y nosotros saltábamos juntos de uno a otro. Cuando el autor decidía que alguno debería derrotar solo a un villano, el otro espiaba desde detrás de la línea negra divisoria por si tenía que desplegar capa y sacar uñas.
Fuimos hermanos aunque los personajes envidiosos que poco entendían de vos y de mí creían que algo menos fraternal sucedía entre nosotros. Fuimos hermanos y el autor nos daba una mano y me enroscaba en historias amorosas con héroes desconocidos y te presentaba mujeres atractivas en cada capítulo. Fuimos hermanos y nos sabíamos en miedos solitarios y fobias de ocho patas.
Fuimos hermanos hasta que nos avisaron que nuestros árboles geneálogicos no se enredaban ni en España, Italia, Alemania o Turquía. Fuimos hermanos hasta que el autor se dio cuenta que ya no vendía demasiado. Hasta que reunió colegas, debatieron y tuvimos que aceptarlo.
Entonces, fuimos muy buenos amigos.
Y ningún cuadrito con mala intención y ningún autor despistado y con sobras de soledad pudo revertir esa situación. Aunque quisieron una y otra vez vernos destrozándonos y dejándonos y reprochándonos y llorándonos y abrazándonos y besándonos. Aunque quisieron miles de veces, (con colores distintos probaron, con lápices de punta diferente con distinto grosor) no hubo caso. Los pobres autores se creen inventores, creadores. Igual que esos estúpidos jugadores de ajedrez que piensan que dominan las piezas. Ninguno de ellos sabe que el caballo blanco y la torre negra tuvieron una secreta relación y por eso saldan sus cuentas. Los ignotos dibujantes, ignorantes escritores jamás supieron de nuestro pacto tácito, creyendo que nos construían a su medida, pensaron que podían hacer con nuestros cuerpos lo que quisieran.
Fuimos hermanos. Ya nos hicieron saber que no
Erámos amigos...
Y aún después de que la historieta dejó de comercializarse por los números en rojo del staff de creatividad, nos espiamos desde atrás de los cuadritos afilando uñas, desplegando capas por si tenemos que rescatarnos el uno al otro.
Somos amigos, aunque desde el otro lado nos quieran convencer.
Somos amigos sonando con ritmo, con un ritmo que sólo nosotros sabemos llevar.

0 Comments:
Post a Comment
<< Home