A-tempo
Levantate. Así no voy a hacerlo. Te necesito de pie, entero. Con el mismo gesto que tenés cuando te acercás a todos y a cada uno de nosotros y le susurrás impiadosamente en el oído las mismas palabras, una y otra vez.
No quiero repetírtelo más. ¡Arriba! Estás arrugándote el traje, manchándolo con el polvo de esta habitación; tenés la camisa mal abrochada y la flor ya no está en el ojal. Levantate ahora mismo. Dejá de mirarme así, con los anteojos desvencijados, con los vidrios empañados por tu transpiración grotesca. Parate de una vez, ¿no me escuchás?. Me cansé de que me canses. De hartarme de vos, me harté.
Te traigo el espejo del baño para que veas el reflejo de tu caricatura apiñada contra la pared. ¿Te ves? Das gracia, sí. Embrollo de nadas contra el piso, menjunje de cuchillas plateadas afiladas que no empuñás. Dale, que te perdí el respeto, te perdí el miedo. Dejate de mecer así, tiritás, ¿de frío?, ¿ de nervios? ¿Vos, porcelana, vos ansiolíticos, antidepresivos, antiarrugas? ¿Vos temblás? No me vayas a decir que esperás mi compasión de verte hecho verruga, verdura en descomposición. Ponete de pie, carajo. Ya no me río de este cuadro derritido de Miró.
Quise asesinarte, tantas veces. Sobretodo los domingos y las mañanas de oficina. Quise despellejarte en cualquier parte. Quise absorberte y vomitarte. Imaginé el crimen perfecto sin errores de ortografía. No era este el lugar, ni el momento del día.
Lo soñé era en un parque a media tarde con los chicos volviendo de la escuela con las mochilas custodidas por Winnie Poohs y Cazafantasmas, los trajeados apurados por no desperdiciar su rato de almuerzo, las viejitas arrastrando sus zapatos raídos y sus manos marcadas de bolsas de supermercado. Todos boquiabiertos, esperando el instante en que nos conviertiésemos, malevos en esa plaza de Palermo y yo fuese Juan Muraña y vos Juan el muerto. Una ronda inmensa a nuestro alrededor; centros de mesa, epicentro de la escena: voy y yo. Aplaudían y coreaban, me alentaban y rogaban que te clavara el cuchillo entre el tórax de plomo y el fierro de tus piernas. Nada, unos veinte minutos duró la pelea. Encontrasrte mi muñeca y la tajeaste, doblegué con fuerza tu brazo y usé por primera vez en mi vida esa empuñadura afilada metálica. Un ácido oscuro corría desde tu cuello mientras la gente se acercaba para agradecerme la hazaña. Me, los, nos había salvado.
No era así como lo había planeado pero qué importa. Estás acá. Llegaste a mí o… ¿me trajiste hasta vos? Hocico y bigotitos, atiborrado en ese rincón. Asustado animalito gris, ojitos en blanco, ¿no sabés cómo huir? ¿o salirte de vos? Me das lástima, asco, pena. Ni gracia ni compasión, te dije. Esto no funciona así. Es el odio que provocás, irremediable, el que me hace perderte el miedo y el respeto. Esto no, así no. Levantate. Esta no es la manera para terminarte, acabarte y salvarme. Y salvarlos. Salvarnos de vos.
Claro, ahora te arrastrás víbora verde musgo, iguana escurrdiza, mirándome de reojo, y otra vez el gesto. Va tomando color, todo esto. Ya vas poniéndote de pie; no te cuesta tanto como creí; podemos, entonces, empezar el tan ansiado reto. Peleá con lo que quieras, yo voy a estrangularte, a desconfigurarte y defigurarte. Voy a dejarte sin aire, oprimirte el pecho hasta que un chillido mezcla de pitido de tren antiguo y sollozo compungido de Penélope se escape de la enredadera de tus cuerdas vocales. Quiero verte morir como vos nos ves morir a todos cada vez que te acercás y nos pasás la lengua finita, larga y áspera por la oreja. No vas a salir de este cuarto con vida y lo juro por …
¡¿A dónde mierda te creés que vas?!. ¡¡Volvé ya mismo!!. Iguana verde musgo, resbalosa, escurridiza, pegajosa no quiero tu regenerativa cola tirada acá. Volvé que juré por mi servidumbre a tus órdenes que hoy en nombre del mundo te iba a exterminar como una rata dientuda. ¡Volvé! Uno de los dos tiene que desaparecer para que el otro viva en paz.
No quiero repetírtelo más. ¡Arriba! Estás arrugándote el traje, manchándolo con el polvo de esta habitación; tenés la camisa mal abrochada y la flor ya no está en el ojal. Levantate ahora mismo. Dejá de mirarme así, con los anteojos desvencijados, con los vidrios empañados por tu transpiración grotesca. Parate de una vez, ¿no me escuchás?. Me cansé de que me canses. De hartarme de vos, me harté.
Te traigo el espejo del baño para que veas el reflejo de tu caricatura apiñada contra la pared. ¿Te ves? Das gracia, sí. Embrollo de nadas contra el piso, menjunje de cuchillas plateadas afiladas que no empuñás. Dale, que te perdí el respeto, te perdí el miedo. Dejate de mecer así, tiritás, ¿de frío?, ¿ de nervios? ¿Vos, porcelana, vos ansiolíticos, antidepresivos, antiarrugas? ¿Vos temblás? No me vayas a decir que esperás mi compasión de verte hecho verruga, verdura en descomposición. Ponete de pie, carajo. Ya no me río de este cuadro derritido de Miró.
Quise asesinarte, tantas veces. Sobretodo los domingos y las mañanas de oficina. Quise despellejarte en cualquier parte. Quise absorberte y vomitarte. Imaginé el crimen perfecto sin errores de ortografía. No era este el lugar, ni el momento del día.
Lo soñé era en un parque a media tarde con los chicos volviendo de la escuela con las mochilas custodidas por Winnie Poohs y Cazafantasmas, los trajeados apurados por no desperdiciar su rato de almuerzo, las viejitas arrastrando sus zapatos raídos y sus manos marcadas de bolsas de supermercado. Todos boquiabiertos, esperando el instante en que nos conviertiésemos, malevos en esa plaza de Palermo y yo fuese Juan Muraña y vos Juan el muerto. Una ronda inmensa a nuestro alrededor; centros de mesa, epicentro de la escena: voy y yo. Aplaudían y coreaban, me alentaban y rogaban que te clavara el cuchillo entre el tórax de plomo y el fierro de tus piernas. Nada, unos veinte minutos duró la pelea. Encontrasrte mi muñeca y la tajeaste, doblegué con fuerza tu brazo y usé por primera vez en mi vida esa empuñadura afilada metálica. Un ácido oscuro corría desde tu cuello mientras la gente se acercaba para agradecerme la hazaña. Me, los, nos había salvado.
No era así como lo había planeado pero qué importa. Estás acá. Llegaste a mí o… ¿me trajiste hasta vos? Hocico y bigotitos, atiborrado en ese rincón. Asustado animalito gris, ojitos en blanco, ¿no sabés cómo huir? ¿o salirte de vos? Me das lástima, asco, pena. Ni gracia ni compasión, te dije. Esto no funciona así. Es el odio que provocás, irremediable, el que me hace perderte el miedo y el respeto. Esto no, así no. Levantate. Esta no es la manera para terminarte, acabarte y salvarme. Y salvarlos. Salvarnos de vos.
Claro, ahora te arrastrás víbora verde musgo, iguana escurrdiza, mirándome de reojo, y otra vez el gesto. Va tomando color, todo esto. Ya vas poniéndote de pie; no te cuesta tanto como creí; podemos, entonces, empezar el tan ansiado reto. Peleá con lo que quieras, yo voy a estrangularte, a desconfigurarte y defigurarte. Voy a dejarte sin aire, oprimirte el pecho hasta que un chillido mezcla de pitido de tren antiguo y sollozo compungido de Penélope se escape de la enredadera de tus cuerdas vocales. Quiero verte morir como vos nos ves morir a todos cada vez que te acercás y nos pasás la lengua finita, larga y áspera por la oreja. No vas a salir de este cuarto con vida y lo juro por …
¡¿A dónde mierda te creés que vas?!. ¡¡Volvé ya mismo!!. Iguana verde musgo, resbalosa, escurridiza, pegajosa no quiero tu regenerativa cola tirada acá. Volvé que juré por mi servidumbre a tus órdenes que hoy en nombre del mundo te iba a exterminar como una rata dientuda. ¡Volvé! Uno de los dos tiene que desaparecer para que el otro viva en paz.

0 Comments:
Post a Comment
<< Home