Mármol
Los pedazos de bronce se desprendieron. Uno a uno tamborileban contra el suelo y rataplán rataplán. Sólo gris hierro quedó la armadura -casi desarmada-. El otro se reía brusca y violentamente, tomándose la panza con una mano mientras con la otra se tapaba la boca. Quizás, exageraba como un chiquillo intentando captar la atención de sus padres. Pero la carcajada y la burla estaban ahí, ante el derrumbe de metales. Ante ella, con sus dos largas trenzas negras y su piel clara.
Debajo del gris hierro sus piernas tersas y pálidas de invierno y sobre la armadura sus ojos vacíos de mirada, repletos de pudor amarillento. Los dientes torcidos del otro, los labios resecos por la risa le colmaron las pupilas rojas de furia y verguenza.
La general Arlette avanzó despacio hacia su oponente, que se había desplomado en el piso (acentuando aún más el absurdo de su representación de infante). La apuntaba con el dedo mientras dejaba escapar unos chillidos socarrones y no vio la poca distancia que había, ahora, entre él y el cuerpo de ella.
Se agachó para ponerse a su altura. El otro reconoció el inminente peligro y buscó la lanza que había quedado tirada, unos centímetros detrás de su espalda. Era tarde. El gris hierro le entró de lleno en la cabeza, resonando sin rataplán rataplán.
Lo último que vio fueron aquellos pechos tan desprolijos y pequeños sobre el vientre blanquecino donde las batallas habían dibujado un trazado de caminos colorados. La risa moribunda se destiñó entre la sangre.
Recuperó la mirada y vio de mármol su cuerpo. La general decidió que iría a la próxima guerra sin gris hierro ni bronce.
Debajo del gris hierro sus piernas tersas y pálidas de invierno y sobre la armadura sus ojos vacíos de mirada, repletos de pudor amarillento. Los dientes torcidos del otro, los labios resecos por la risa le colmaron las pupilas rojas de furia y verguenza.
La general Arlette avanzó despacio hacia su oponente, que se había desplomado en el piso (acentuando aún más el absurdo de su representación de infante). La apuntaba con el dedo mientras dejaba escapar unos chillidos socarrones y no vio la poca distancia que había, ahora, entre él y el cuerpo de ella.
Se agachó para ponerse a su altura. El otro reconoció el inminente peligro y buscó la lanza que había quedado tirada, unos centímetros detrás de su espalda. Era tarde. El gris hierro le entró de lleno en la cabeza, resonando sin rataplán rataplán.
Lo último que vio fueron aquellos pechos tan desprolijos y pequeños sobre el vientre blanquecino donde las batallas habían dibujado un trazado de caminos colorados. La risa moribunda se destiñó entre la sangre.
Recuperó la mirada y vio de mármol su cuerpo. La general decidió que iría a la próxima guerra sin gris hierro ni bronce.

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