Ay, qué voy a hacer
Ay, ahora qué voy a hacer. En la última fila de asientos, contra la ventanilla repetía esa frase una y otra vez. Su suéter celeste pastel resaltaba la piel trigueña de su cara. Tenía los labios estrechos y el rosa pálido se había descorrido en las comisuras de su boca. Lloraba detrás de los grandes anteojos cuadrados, como una nena que perdió una muñeca, como una muñeca que perdió una nena.
Ay, ahora qué voy a hacer. Ay, qué voy a hacer. Tiraba su cabeza hacia atrás y dejaba a la vista su dentadura desprolija y machucada. El pelo castaño y rubio por mechones le caía sobre el pecho donde se mezclaba con un collar de cuentas de bronce. Las manos venosas apretaban fuertemente una bolsa blanca. Violentamente la sujetaba, con ansias de asfixiar y degollar el plástico delgado.
Ay, ahora qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Ay, qué voy a hacer. Miraba a todos y preguntaba entre sollozos. No susurraba; hablaba alto, balbuceando por el hipo pero sin pudor de ser oída. Tenía la compostura de esas maestras que pierden la paciencia ante el silencio de su clase, la de esas maestras que se caen a trocitos frente a la indiferencia de los feligreses de guardapolvo blanco.
Ay, ahora qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Ay, qué voy a hacer. Nadie respondía su urgencia de respuesta y su llanto se aceleraba aún más. Pasaba la bolsa de una mano a la otra. Centro de Diagnóstico decían las letras grises sobre el plástico blanco. Miraba por la ventanilla con la cabeza pegada al vidrio, que su respiración empañaba. Murmuraba palabras sueltas: médico, dolor, vacío, futuro. Las balbuceaba y las tiraba por la ventana, regando el aire de partículas inflamables.
Ay, ahora qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Ay, qué voy a hacer. Vendí mis anillos, puse en venta mi casa, dije todo lo que tenía que decir, imaginé lo que vendría después -una y otra vez-, escribí una carta extensa que firmé con lágrimas, les avisé a todos, los preparé para el capítulo final y ahora, ahora, ahora qué. Me lo avisan así como si nada. Que qué dolores, que basta de ambulancias, que se acaben los planes, que festeje, que qué me pasa, que me ría. Me exigen que me alegre, me palmean, me felicitan, me abrazan. Me dijeron todos los barbijos celestes que no me muero en los próximos días.
Ay, ahora qué voy a hacer
Ay, ahora qué voy a hacer. Ay, qué voy a hacer. Tiraba su cabeza hacia atrás y dejaba a la vista su dentadura desprolija y machucada. El pelo castaño y rubio por mechones le caía sobre el pecho donde se mezclaba con un collar de cuentas de bronce. Las manos venosas apretaban fuertemente una bolsa blanca. Violentamente la sujetaba, con ansias de asfixiar y degollar el plástico delgado.
Ay, ahora qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Ay, qué voy a hacer. Miraba a todos y preguntaba entre sollozos. No susurraba; hablaba alto, balbuceando por el hipo pero sin pudor de ser oída. Tenía la compostura de esas maestras que pierden la paciencia ante el silencio de su clase, la de esas maestras que se caen a trocitos frente a la indiferencia de los feligreses de guardapolvo blanco.
Ay, ahora qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Ay, qué voy a hacer. Nadie respondía su urgencia de respuesta y su llanto se aceleraba aún más. Pasaba la bolsa de una mano a la otra. Centro de Diagnóstico decían las letras grises sobre el plástico blanco. Miraba por la ventanilla con la cabeza pegada al vidrio, que su respiración empañaba. Murmuraba palabras sueltas: médico, dolor, vacío, futuro. Las balbuceaba y las tiraba por la ventana, regando el aire de partículas inflamables.
Ay, ahora qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Qué voy a hacer. Ay, qué voy a hacer. Vendí mis anillos, puse en venta mi casa, dije todo lo que tenía que decir, imaginé lo que vendría después -una y otra vez-, escribí una carta extensa que firmé con lágrimas, les avisé a todos, los preparé para el capítulo final y ahora, ahora, ahora qué. Me lo avisan así como si nada. Que qué dolores, que basta de ambulancias, que se acaben los planes, que festeje, que qué me pasa, que me ría. Me exigen que me alegre, me palmean, me felicitan, me abrazan. Me dijeron todos los barbijos celestes que no me muero en los próximos días.
Ay, ahora qué voy a hacer

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