Misiva. En su memoria
Mr Orange:
A modo de despedida, le escribo esta carta. El caso, mi Lord es que poco lo conocí a usted. Lamento haberme cruzado sólo dos o tres veces. Pude advertir, no obstante, toda la fineza y estilo que de usted se desprenden; pude darme cuenta del respeto que Su Señoría merece.
Por dicho motivo sólo es que escribo esta carta en presente. Y, por otra parte, aunque sin virtud de hacer confesiones imprudentes el pretérito (im)perfecto me está trayendo algunas descomposiciones estos días.
Mr Orange, desconozco la razón de haber sido testigo de tan elevadísimo acto. De tan honorable, memorable y conmemorable acción. Quizás la respuesta sólo pueda entenderse a partir de mi estrechísima amistad con su queridísima madrastra.
Probablemente, hoy no escriba estas cuantas líneas por mí sino por ella. Jamás lo hará. Lo sé. Sólo déjeme decirle lo tanto que lo quería. Espero sepa entender su decisión. Ha sido difícil pero ella merece de mi parte una admiración incomparable por su valentía y sus principios morales. Lo ha hecho por usted. Lo explican sus lágrimas y sus manos temblorosas. El silencio con el que grita detrás de su boca sellada, de sus labios deshauciados de palabras.
Mi Lord, hoy en su entierro conocí mejor a mi amiga y a su estimada madrastra. La vi: pálida, desconcertada, perdida. Hoy por primera vez asistí a un velorio. Fue lo más cerca que alguna vez estuve de un entierro. Sí, aunque no lo crea, aunque usted sepa que no crucé la puerta, que me quedé espiando del otro lado del virdrio.
Su Señoría, jamás aprendí a dar las condolencias. Por eso, también escribo. Por mi torpeza.
Un gusto, Míster Orange. Hasta luego (más temprano que tarde todos acabamos donde usted).
Saluda cordialmente,
Analía
A modo de despedida, le escribo esta carta. El caso, mi Lord es que poco lo conocí a usted. Lamento haberme cruzado sólo dos o tres veces. Pude advertir, no obstante, toda la fineza y estilo que de usted se desprenden; pude darme cuenta del respeto que Su Señoría merece.
Por dicho motivo sólo es que escribo esta carta en presente. Y, por otra parte, aunque sin virtud de hacer confesiones imprudentes el pretérito (im)perfecto me está trayendo algunas descomposiciones estos días.
Mr Orange, desconozco la razón de haber sido testigo de tan elevadísimo acto. De tan honorable, memorable y conmemorable acción. Quizás la respuesta sólo pueda entenderse a partir de mi estrechísima amistad con su queridísima madrastra.
Probablemente, hoy no escriba estas cuantas líneas por mí sino por ella. Jamás lo hará. Lo sé. Sólo déjeme decirle lo tanto que lo quería. Espero sepa entender su decisión. Ha sido difícil pero ella merece de mi parte una admiración incomparable por su valentía y sus principios morales. Lo ha hecho por usted. Lo explican sus lágrimas y sus manos temblorosas. El silencio con el que grita detrás de su boca sellada, de sus labios deshauciados de palabras.
Mi Lord, hoy en su entierro conocí mejor a mi amiga y a su estimada madrastra. La vi: pálida, desconcertada, perdida. Hoy por primera vez asistí a un velorio. Fue lo más cerca que alguna vez estuve de un entierro. Sí, aunque no lo crea, aunque usted sepa que no crucé la puerta, que me quedé espiando del otro lado del virdrio.
Su Señoría, jamás aprendí a dar las condolencias. Por eso, también escribo. Por mi torpeza.
Un gusto, Míster Orange. Hasta luego (más temprano que tarde todos acabamos donde usted).
Saluda cordialmente,
Analía

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