Variete a la crem

Saturday, May 20, 2006

Trovadores...


Un libertad amendrentada de mentiras, el inconsciente con collares para perros, la indulgencia entrometiéndose donde nadie le dio la bienvenida, el alquimista que ahorra ilusiones en chanchitos de plástico barato. Un valle andino, un ave que se revuelca en el vacío, el andar de una mujer morena con ponchos villanos del frío; el cantar de la mulata que se escabulle por el río y toca la puerta de un Don Juan de aspecto toísta. Unas manos toscas que hilvanan un pasado de condicionales mal conjugados, la ceja levantada en un espejo de marco de bronce, agajado y deslucido.

"Trovadora" dijo segura y seriamente. Como si yo jamás hubiese pensado en desarmar los argumentos hechos de ladrillos que defienden mis carreras académicas y perderme entre las páginas de un diccionario que tiene más notas y menos palabras. Me reí. Qué podía hacer. Si supieras los vidrios rotos, la pena de mi garganta cada vez que mis oídos la escuchan cantar y le dan el veredicto que la condena a callar, siempre, siempre y una vez más. "Trovadora, sólo que habría que arreglar(...) y bueno ya es inmodificable eso." No hay clase que pueda arrglar semejante nudo de cuerdas y ese desastroso talento para descifrar los códigos musicales, para entender que todo tiene su lógica. "Hagamos un trato" propuso.

Lo firmé, vendí mis letras y aniquilé todo sueño de cantar. Borré con el garabato de mi nombre la ilusión de que ese nudo que ata fuertemente mis cuerdas algún día podría deshacerse. Entregué el documento que avala mi compromiso a perder la autoría de mis ganas y de mis historias. Me condené a escucharme a través de su boca y de su guitarra...


Por suerte, sé que esa voz que cantará mis letras es la voz que elijo escuchar cada mañana al levantarme, esa voz que me abraza con el aire que se cuela cuando entona.

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