Justo antes de…
Todo pareciera confluir en esos segundos previos; en ese momento que más tarde no tendrá importancia, que no será noticia alguna salvo que…
Salvo que se pronuncien las palabras no dichas antes,
Salvo que haya una acción/reacción impredecible del cuerpo,
Salvo que una fuerza extranjera y exterior anticipe lo que debería suceder más tarde,
Salvo que uno termine… a salvo. Pero este caso podemos excluirlo de las excepciones porque entonces no sería ya instante previo. Y sobretodo porque una flaqueza de conceptos subjetivos delinea el contorno de la frase ‘a salvo’
Al realismo invocamos cuando decimos que frente a ese suceso que tiene lugar después del momento previo, la novedad se expande invariablemente con las mismas palabras (o similares, muy). Con distinta entonación; con distinta expiración, espiración y fuerza prosódica. Con diferente ritmo, con la particularidad de la circusntancias que describen la finalidad, el objetivo, la superficie, la forma. Pero ahí va, hacia el aire, a la atmósfera, ese lugar común que cuesta o que gusta nombrar, que se disfruta o que se padece al pronunciar. ¿De qué otra forma podría decirse?, ¿de qué otra manera tan concreta, más sublime podría relatarse la noticia? Hay quienes la decoran y la visten de gala agregando adverbios y adjetivos, haciendo de la crónica una nota de color que en vez de punto final termina en cataratas de lágrimas y de mocos y de hipos. Hay otros que simplemente eligen ocupar el lugar de periodistas reservados y son escuetos y acotados en su información; existen los que ante la incertidumbre del porqué juegan al Sherlock Holmes del siglo XXI y como expertos en huellas dactilares, en botellas de cianuro, en rastros de sangre en la bañera, proveen de incotables hipótesis a su oyente-lector. También están aquellos que trasmiten la novedad como verdaderos científicos en medicina y calculan el desgaste óseo, la elasticidad muscular; están los conocedores de la psicología de Freud que explican detalladamente el vínculo entre el suceso y la ¿traumática? infancia del protagonista. Pero no podemos dejar de mencionar, que están los ¿menos? que se alegran de ser voceros del parte, a los que aquel acto les proporciona satisfacción, les provoca un suspiro aliviado o los acerca al aroma de cientos de billetes; están los que transfieren la primicia con una sonrisa socarrona mostrando dientes de oro (está bien robé esta escena de algún film Hollywoodense. Me refiero solo a la imagen del diente porque para oír esa risa, no hace falta llegar al Actor’s Studio).
Todo pareciera confluir en ese instante previo; en ese momento que más tarde no tendrá importancia (a salvo que…volver al párrafo 1). Una pantalla en blanco y negro (a veces, sepia) se dilata en la mente (donde parecía que ya no había lugar para nada) y proyecta, en flashes que duran muy pocos segundos (con el fin de que la mayor cantidad de recuerdos puedan ser mostrados), fotografías de la vida del sujeto que está a punto de ser el protagonista del futuro episodio y de la posterior gacetilla periodística. Como en un casamiento o una fiesta de 15, las imágenes se suceden una tras otra con una música de fondo que cada uno elige a su antojo (el silencio es también, opción válida. Sólo deben apretar el botón que dice mute. Claro, como en el control remoto, tienen razón. Igualito). Algo les debe apretar el pecho o la boca del estómago; no lo sé, pero lo imagino. Deben sentir una corbarta alrededor del cuello, un chaleco atrapando el tórax, un traje ajustado de neoprén hasta las piernas. Un súbito gusano congelado debe recorrerles la médula espinal, pinchandola con sus finas patas, surcándole la piel, penetrando hasta sentir el crickcrack de los huesos. Y una mueca rígida contorneará la boca, la lengua buscará empapar con una saliva excesiva los labios resecos; reirán con ojos de sal, llorarán con azucarada melancolía en el paladar. Gritarán desde el silencio más perturbador y ensordecedor, callarán en ese grito o rugido hueco y vacío. Uranio incinerante, cromo refrigerador. Desafinados ritmos cardiovasculares, perdidos caminos venales-arteriales. La velocidad de la película biográfica aumenta, ya no es diáfana la imagen, barras de colores entrometidas en la parte superior de la pantalla, pequeños puntos piscodélicos arañando con su shhhhhhhhhhhshhhh los recuerdos enmarcados. Elegir la última foto de entre todo el repertorio, pasar agitadamente las páginas. Buscar, buscar oh! venerado zapping. ¿Apretar forward y que el The End se lea en letras grandes y negritas o dejar en pause el video y ajustar el trecking para poder ver todas las imágenes claramente? Afilados dientes trituradores aprietan labios rígidos, resecos por la sal que los cubre de melancolía.
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No me dejaste decidir. Ninguna opción para cambiar de canal. Tu cuerpo extendido boca abajo, sobre el mármol de la cocina. Tu espalda ancha desnuda, los pantalones de lino color caqui que te había regalado hacía menos de una semana, tus pies descalzos. El perfil derecho de tu cara apoyado contra el suelo, la nariz aguileña tan buscadora de perfumes frutales, no oliendo nada. Los pedazos de una taza rota cerca de tu mano extendida, el color café decorando el piso, los azulejos de la pared, de los que cuesta tanto sacar las manchas. Tu temperatura, entre el uranio incinerante y el cromo refrigerador; sólo te toqué para comprobar que mi impresión hubiese estado equivocada, sólo para que sin hablarme me dijeras que estaba confundida. Y como soy persona, simple humana, sencilla bípeda racional te dejé (o dejé a ese conjunto de tejidos y posadero de huesos y músculos y sentimientos silenciados y pelos enmarañados y fracasos en pretérito imperfecto y proyectos en futuro y promesas en condicional) tirado, tal cual te había encontrado. Porque esa quería yo que fuese mi última versión tuya, la que vos me habías querido dar. ¿Eso habías querido, verdad? Puedo afirmarlo con sólidos argumentos, puedo inventar miles de razones, si total quién me va a contradecir. Claro, nadie se atrevería a discutir de eso conmigo; nadie, porque como te dije soy simple persona. Nunca quise ser ni médica, ni periodista, ni psicóloga, ni detective privado inglés, nunca quise ser portadora de noticias, ni vocera de novedades. Te dejé ahí para que hables vos solo, para que seas vos quien les cuente a todos ellos tu decisión, para que nadie te robe, ni por un minuto, ese lugar que buscaste de ser protagonista; te dejé ahí para irme y llevarme la primicia, para no revelar el secreto que pronto se sabría pero no por mi boca. Me fui adivinando, imaginando, diseñando tu película biográfica que habías visto en ese instante justo antes de…

1 Comments:
At 10:48 PM,
Paranoica said…
Es raro nena. Pudiste hacer que me quede sin palabras, y no cualquiera puede lograr eso. Ahora me quedé callado de verdad, me voy a dormir, definitivamente nada de lo que escriba hoy va a superar eso.
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