Andan diciendo que andan diciendo...
¿Pensaste que lo leería? No creo, no creo que te interese en lo más mínimo si advierto o no los adjetivos que andás estampando en las páginas virtuales para modelar mi persona a tus trajecitos ajustados de (pre)juicios. O tal vez esas ganas, más concientes que in-, te llevaron a construir mi perfil (encantador, por cierto) en medio de tus escritos. Lo que queda claro es que yo pasaba pispeando por las letras de un amigo y me distraje en el click de tu nombre y ...me encontré reflejada. Un espejo que me dibuja los márgenes exactos, me configura precisa y completa, me revela mis propias fascinaciones y anhelos. ¿Qué me queda por hacer? Agradecerte, seguro. Agradecer tu sinceridad tan bien escondida debajo de la copa de árboles frondosos. ¿Careta?, ¿nena retrasada?. Casi me viene tu imágen ahora, después de haber leído tus pensamientos que los dejás traslucir en tus actos como se dejan ver los peces de colores en el Río de la Plata. Pero no, me equivoqué, esa es la parte que me toca a mí, ¿no?. Esa es la foto, la radiografía que vos me sacaste. Me pertenece y jamás te prestaría tus palabras que ¿sin querer ?me regalaste.
Nunca tiraría ni devolvería un presente que me hacen (aunque sea por casualidad -¿o causalidad?-). Así que lo envuelvo y lo dejo en el cajón junto con algunos más. Ni siquiera abollo tus palabras (que son sencillas y bien concatenadas...y me pregunto porqué carajo no usás tu excelente escritura para hablar de alguien que valga un poco más), no me tomo la molestia de molestarme en hacer eso. Hago gala de que mi orgullo anda ocupado ojeando otras vidrieras y que no mira siquiera de reojo tus rítmicas palabras que tararean una canción bastante afinada (o eso dirán algunos, que al finalizar tu composición musical aplauirán de pie y asentirán con la cabeza) para escribir esto desde la sociabilidad y la superioridad que me caracterizan (según análisis de una experta en mí. Porque eso es lo que sos, ¿no?). Tal vez si mi orgullo esuviese menos distraído no dudaría en callarme y hacer como si jamás se hubiese reflejado en tu espejo. Pero no anda demasiado atento, así que me permito escapar de sus uñas largas...
Yo ya te dije que los regalos no los devuelvo y tampoco me gusta que me regalen cosas para compartir de antemano. Los diseños que hacés de mi cuerpo, de mi acento aniñado, las configuraciones psicosociales que em atribuís, son mías. Completamente mías. Excluyentemente propias. No son características inclusivas, que puedas impartirle a un otro. Nadie carga más con esas pequeñas descripciones más que yo; así que la próxima vez me encantaría que el regalo viniese por separado, por favor, si no es mucho trabajo. Que ese amigo menos mío que tuyo nunca siquiera disfuminó mis orillas, ni siquiera osó borrar mis mamarrachos de colores que superan los márgenes. Además, mi egocentrismo ruega que hables de mí, de mí solita sin pronunciar otro nombre. Para no confundir responsabilidades, por favor.
Muy a pesar de la edad piscológica que nos distancia (según esa experta en mí) y de la diferencia actitudinal que hay entre vos y yo (según esa estudiosa de mí) hay algunos puntos de contacto, me parece que, precisamente se unen en el momento en que pusiste esas palabras ahí, al borde de la página para que alguien muy chiquito tirase del mantel y se cayeran al piso. Quién es más(ir)responsable: el adulto por dejar las cosas cerca del borde o el niño por agarrarse del mantel. Quién es la careta, la nena retrasada, la estúpida, la superada...
Sisis, claro, estábamos hablando de mí
Nunca tiraría ni devolvería un presente que me hacen (aunque sea por casualidad -¿o causalidad?-). Así que lo envuelvo y lo dejo en el cajón junto con algunos más. Ni siquiera abollo tus palabras (que son sencillas y bien concatenadas...y me pregunto porqué carajo no usás tu excelente escritura para hablar de alguien que valga un poco más), no me tomo la molestia de molestarme en hacer eso. Hago gala de que mi orgullo anda ocupado ojeando otras vidrieras y que no mira siquiera de reojo tus rítmicas palabras que tararean una canción bastante afinada (o eso dirán algunos, que al finalizar tu composición musical aplauirán de pie y asentirán con la cabeza) para escribir esto desde la sociabilidad y la superioridad que me caracterizan (según análisis de una experta en mí. Porque eso es lo que sos, ¿no?). Tal vez si mi orgullo esuviese menos distraído no dudaría en callarme y hacer como si jamás se hubiese reflejado en tu espejo. Pero no anda demasiado atento, así que me permito escapar de sus uñas largas...
Yo ya te dije que los regalos no los devuelvo y tampoco me gusta que me regalen cosas para compartir de antemano. Los diseños que hacés de mi cuerpo, de mi acento aniñado, las configuraciones psicosociales que em atribuís, son mías. Completamente mías. Excluyentemente propias. No son características inclusivas, que puedas impartirle a un otro. Nadie carga más con esas pequeñas descripciones más que yo; así que la próxima vez me encantaría que el regalo viniese por separado, por favor, si no es mucho trabajo. Que ese amigo menos mío que tuyo nunca siquiera disfuminó mis orillas, ni siquiera osó borrar mis mamarrachos de colores que superan los márgenes. Además, mi egocentrismo ruega que hables de mí, de mí solita sin pronunciar otro nombre. Para no confundir responsabilidades, por favor.
Muy a pesar de la edad piscológica que nos distancia (según esa experta en mí) y de la diferencia actitudinal que hay entre vos y yo (según esa estudiosa de mí) hay algunos puntos de contacto, me parece que, precisamente se unen en el momento en que pusiste esas palabras ahí, al borde de la página para que alguien muy chiquito tirase del mantel y se cayeran al piso. Quién es más(ir)responsable: el adulto por dejar las cosas cerca del borde o el niño por agarrarse del mantel. Quién es la careta, la nena retrasada, la estúpida, la superada...
Sisis, claro, estábamos hablando de mí

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